Ola de calor

Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en junio de 2017. Link.

   Todos podemos comprobar cómo evoluciona el idioma, cómo se introducen neologismos y se adaptan anglicismos. Todo esto suele estar regulado por la RAE, que después de un tiempo en que esas palabras están en uso, decide si entran a formar parte del léxico oficial o se quedan fuera. Más adelante se verá si esas palabras, testigos del uso popular, siguen mereciendo su inclusión en el Diccionario o han sido el fruto de un sarampión y se retiran definitivamente. Aunque conociendo la laxitud de la Academia, la mayoría de las palabras del argot popular, son firmes candidatas a formar parte del Diccionario. Eso es lo que está sucediendo con palabras como: tunear, rollo, chapar, culamen, piba, guiri, papeo, despelote, abrirse… y otras del mismo estilo. Otra cosa son las expresiones que se usan durante un determinado tiempo, derivadas de las circunstancias, estas pueden desaparecer cuando desaparezca la circunstancia que las creó o quedarse para siempre si las circunstancias se enquistan. ¿Cuándo habíamos oído nosotros expresiones como: Índice Nikkei, o prima de riesgo? ¿Cuándo hemos oído decir eso de tarjetas black o estrés postraumático? Estas expresiones tan escuchadas últimamente, tengo la esperanza de que desaparezcan de nuestro vocabulario un día u otro. Y digo esto porque todas ellas tienen connotaciones negativas que nos recuerdan situaciones nada deseables. Pero me temo que el término que no va a desaparecer tan fácilmente, aunque es igual de nefasto que los anteriores, es: Ola de calor. Esta locución entró con fuerza en los telediarios y se quedó entre nosotros gracias a su sentido claro y descriptivo. Frase corta y expresiva donde las haya. La envidia de una empresa de publicidad. Supongo que quien primero acuñó el término, no tuvo la misma prisa en patentarlo y ahora está de lo más arrepentido. Sólo por derechos de autor, esta primavera hubiera hecho el agosto, vamos que podría haber chapado y haberse abierto con una piba de buen rollo, despelotándose y papeando buen condumio hasta hartarse.

            Los expertos nos advierten que las dichosas olas de calor nos seguirán visitando más pronto cada verano y su temperatura cada vez será más alta. Con este panorama, seguro que acompañando la ola de calor entran nuevas palabras para fijar en nuestra lengua, como podrían ser: quecaló, toisuao, maogo, toesunorno… Y cuando llegue ese momento iré el primero a registrar cualquiera de ellas. Quién sabe si, aparte de morirme de calor el próximo verano, no me forraré con el invento.

¿Qué es la vida?

La última hora de la tarde les sorprendió sobre unas rocas a las afueras de su poblado. Maestro y discípula tenían la costumbre de vagar haciéndose mil preguntas sobre la naturaleza de las cosas. Él, Anfión, había sido discípulo de Teofrasto y éste, a su vez, de Aristóteles, del que uno y otro habían heredado la costumbre de los peripatéticos y así, paseando por los caminos, daban sus enseñanzas mientras la brisa marina acariciaba sus rostros y las mieses, a la altura de sus manos, les mostraban sus granos redondos y colmados reclamando una siega que no iba a tardar. Helios cabalgaba su carro de fuego a lo lejos, tras la pequeña isla de Agatonisi. Tan fuerte era su reflejo que parecía incendiarla.

            Cirene, la alumna aventajada y curiosa, después de contemplar los últimos rayos del sol que aún marcaban con una débil línea dorada el monte Dendra alzó la cabeza mirando a su maestro y preguntó:

 Cirene.          - Dime Anfión, concretamente ¿qué es la vida?

            Anfión, que borraba con la suela de sus crépidas las órbitas de los planetas exteriores que había trazado antes con una vara de junco, se sacudió con ambas manos el polvo de su blanco himatión y le dijo:

Anfión.          – Curiosa pregunta a la vez que difícil de contestar si tenemos en cuenta que todo el mundo se lo ha preguntado alguna vez. La respuesta es varia y compleja como todas las cosas que nos sobrepasan y de las que sólo podemos atisbar una pequeña parte de su intrincado conocimiento. No obstante, intentaré responderte, mas el intento ha de ser pobre, dado mi limitado conocimiento: Querida Cirene, puesto que me reclamas una respuesta concreta y sin ambages, podría decirte que la vida, desde un punto de vista científico es todo aquello capaz de reproducirse.

 Cirene.         - De acuerdo Anfión, pero esa respuesta es demasiado amplia y no acabo de comprender la relación entre una y otra cosa, pues el solo hecho de reproducirse no da una explicación precisa a mi pregunta. Entiendo que tanto las plantas como los animales se reproducen y están vivos, pero ¿qué es la vida?

Anfión.          – La concisión en materia tan vasta y complicada es poco menos que imposible, pero si no estás satisfecha con esas cinco palabras que he usado como definición, te diré que la vida es todo lo animado. Pero vuelvo a decirte y espero que seas comprensiva con mis limitaciones, que es ardua la tarea de concretar más la respuesta. La vida es todo aquello que cumple las tres premisas o etapas de la existencia, que son: nacer, reproducirse y morir. Ninguna de ellas es más importante que la otra y ambas tres se complementan entre sí.

 Cirene.         - Estás exponiéndome, oh paciente Anfión, lo que hace diferentes a todos los seres vivos en oposición con la pura materia y es que nacen, crecen, se multiplican y mueren. Desde Anaximandro de Mileto, nuestros filósofos nos han enseñado la naturaleza de todas las cosas del Cosmos y las etapas de la vida es una de ellas pero, en esencia, ¿qué es la vida?

Anfión.          – Haces bien en insistir amiga Cirene, hija de Hipseo. De esta forma, a lo largo de nuestro diálogo y de una manera casi involuntaria, vamos cercando la respuesta y el significado a tu pregunta, y si Zeus nos lo permite, acabaremos resolviendo esta compleja trama y con ella mi intento por darte la mejor respuesta. Sólo así me consideraré libre del compromiso que he tomado de darte una contestación.

Cirene.           - Agradezco el esfuerzo que te supone la síntesis de este peliagudo problema e intuyo que tu socorro me dejará satisfecha y todo el esfuerzo que solicito de ti habrá merecido la pena.

Anfión.          – Mucho fías en mí, oh Cirene, y yo me temo no estar a la altura de tus requerimientos pues el día se acorta y lo que en principio parecía tarea sencilla, no veo nada fácil ajustar mis razonamientos de forma que satisfagan tus deseos. Muchas veces la multitud de las palabras no son suficientes para expresar con claridad y concisión la pregunta más simple. El pensamiento puede acumular montones de ideas y no saber después cómo dar cuerpo a tanta gama de detalles como se allegan en el cerebro. Nos vemos impotentes al no encontrar la palabra justa, la idea concisa y cabal. Observa al niño que no deja de inquirir e insiste sin cesar y por qué, y por qué, y por qué.

 Cirene.          - No dilates más tu respuesta y dime de una vez por todas ¿qué es la vida?, seguro que con este último intento quedaré satisfecha y ya no te interpelaré de nuevo. Dime Anfión. Dime, por Zeus, soberano del Olimpo y por todas las ninfas que habitan las fuentes sagradas del Pineo ¿qué es la vida?

Anfión.          – La vida es todo aquello que está animado. Todo lo que se mueve, se multiplica, se divide. Todo lo que genera multiplicación y descendencia, desde una insignificante bacteria hasta un ser complejo de los que llamamos superiores. Desde la más simple molécula que forma nuestros fluidos hasta la más alejada de las galaxias, aquellas que están más allá de las esferas conocidas. Todo lo que habita en nuestro interior y nos rodea, desde la profundidad de la Tierra en que habitamos hasta las capas más externas del Universo. La vida es el Cosmos en su conjunto, pues todo lo que está en movimiento alberga la vida en su interior. La vida es el resultado del movimiento de las veintisiete esferas concéntricas que rodean la Tierra y de las radiaciones cósmicas. Lo animado, aquello que en su interior alberga el soplo divino. Hasta el átomo, esa substancia de la que está compuesta toda la materia según nos dijera nuestro sabio maestro Demócrito, es algo vivo. Y dicha materia, la cual creemos inerte y sin vida, también la tiene en una cierta medida, pues se mueve conducida por aspectos como son las ciclópeas presiones que soportan las rocas y los enormes cambios de temperatura que registra el planeta desde su formación. Piensa en las rocas ígneas de los volcanes, piensa en la formación de los altos montes de nieves perpetuas y en los deltas, las islas, los ríos…

 Cirene.          - Ciertamente que no te faltan argumentos para demostrar que la vida  todo lo comprende y lo inunda con su presencia. Pero de todas las cosas que has dicho, sólo una me ha parecido que se ajusta más a la respuesta que demando y es cuando dices que la vida es movimiento. Lo entiendo y convengo contigo en que eso es algo incontestable y harto cierto. Pero si no me equivoco, el movimiento es el resultado físico que se deduce por el cambio de posición de los cuerpos, lo que, a pesar de ser un rasgo distintivo de todo lo que está vivo, no explica lo que es la vida propiamente. Por otra parte, no es la discutible vida de las rocas, los átomos o las galaxias de la que estoy hablando. La vida a la que yo me refiero es la que anida en el interior de todos los seres como tú y yo, en aquellas cabras que retozan sobre los resecos matojos, en esas mieses que ventean al aire saludando a Céfiro. La vida animada, como tú mismo antes dijiste.

            -¿La discutible vida de las rocas?-dijo para sí Alfión con débil voz, esbozando una enigmática sonrisa que Cirene no llegó a advertir y que hubiera sido motivo de más preguntas añadidas.

            La luz había dejado de dorar las blancas fachadas de las casas a sus espaldas y una ligera brisa anunciaba el reposo vespertino. Las barcas de pesca volvían ya a sus puertos saludadas por los gritos de las mujeres y los niños desde el pequeño muelle. El viejo Anfión, peinó con su mano la cabellera gris que cubría una cara surcada de sabias arrugas y dijo a Cirene con una pizca de desasosiego en sus palabras:

Anfión.          – Querida Cirene, pues te quiero y te respeto como a una hija. He de decirte que llegados a este punto no sé si podré dar cumplida respuesta a tus apremiantes deseos de saber. Tu insatisfacción parece sin límites, mientras mi saber es tan limitado… Te dije al principio de nuestra conversación que la vida es todo aquello capaz de reproducirse de forma autónoma, bien por división, por el encuentro de la oosfera y el polen en las plantas o por el cruce de los gametos en los animales. La vida, de esta forma, contempla esas tres etapas fundamentales de: nacimiento, reproducción y muerte. Todo lo que no posea esos tres períodos se puede considerar que no tiene vida. La vida, en fin, es el conjunto de todas las cosas que están animadas.

            Sus miradas se encontraron y un amago de consenso apareció en los ojos de Cirene que, tras una dulce sonrisa, agradeció al maestro sus esfuerzos.

            –Continuaremos mañana -dijeron al unísono-. Los problemas nunca acaban y cuando más sabemos nos percatamos de nuestra insufrible ignorancia -dijo Anfión bajando la cabeza con ademán de impotencia, sin saber a ciencia cierta, si había contestado de forma concreta a la pregunta que le había expuesto su alumna Cirene de Tesalia al principio de la tarde-. La gradual oscuridad comenzaba a difuminar las sombras. Maestro y alumna volvieron pensativos al poblado donde ya se veían humear los tejados anunciando la última comida del día.

El autobús de las 16:50

 Publicado en el periódico “Nou horta nord” en mayo de 2017. Link.    

            Como otras tardes, me encontraba esperando el autobús junto con algunas personas más. Delante de mí, una mujer joven con su hijo de un año y medio aproximadamente, en el carrito. El niño lloriqueaba y estiraba las manos hacia su madre intentando soltarse de sus ataduras. Ella, sólo pendiente de su móvil, pasaba el pulgar por la pantalla arrastrando imágenes y textos sin cesar con la mirada fija en su juguete. El niño reclamaba la atención de su madre con lloros cada vez más fuertes resbalándose peligrosamente del carrito. La gente miraba hacia otro lado con visibles gestos de nerviosismo, pero nadie quería intervenir ¿quién iba a decirle a una madre lo que tenía que hacer? Cada uno sabe cómo tiene que educar a su hijo ¿quién es uno para meterse donde no le llaman? Ella sabrá lo que hace. Estos, u otros parecidos, debían ser los pensamientos de todos los que estaban en la parada. Algunos se miraban el reloj con impaciencia deseando que llegara pronto el autobús para que terminase aquella situación, pero pasaban los minutos y todo continuaba igual: el niño llorando y la madre más pendiente de su móvil. De repente, con la velocidad de un felino, le arranqué de un zarpazo el móvil de sus manos y lo estrellé contra el asfalto de la carretera al tiempo que pasaba un camión de 20 toneladas. El móvil saltó entre las ruedas del camión hecho pedazos. Por un lado aparecía la carcasa destrozada y unos metros más allá la pantalla aplastada con las tripas por fuera, como un enorme escarabajo vuelto de espaldas. Algunos circuitos y la batería sobresalían como si fueran las patas del animal. La imagen del móvil zoomorfo abierto por la mitad en medio del tráfico daba un poco de lástima. Nadie lo retiró hacia la acera para que no siguieran pasando más coches por encima, aunque ya no se podía hacer nada por él. El niño, confundido por el ruido, dejó de llorar. La madre que se había llevado las manos a la boca ahogando un grito de sorpresa, miraba al móvil –ahora inmóvil- sin entender lo que estaba pasando. En ese momento llegó el autobús. Un movimiento automático, como un tropismo, recorrió el cuerpo de todos los presentes preparándose para subir. La mujer guardo su móvil en el bolso y llevó el carrito hacia la portezuela que se abrió delante de nosotros. Con el esperado desorden de siempre fuimos subiendo en busca de ese asiento vació de pasillo, en el lado contrario del sol. La mujer con su bebé se colocó en la plataforma central junto a una ventanilla y le acercó un biberón con agua. Todos habíamos olvidado ya aquellos minutos interminables. El niño, entresudado, bebía incansable. Yo, al fondo del autobús, miraba la calle a través del cristal imaginando que un ejército de hormigas robóticas estaría acudiendo en esos momentos a hacerse cargo del movilóptero indefenso. Lo desmenuzarían y llevarían cada una de sus partes a través de las conducciones de fibra óptica excavadas en las aceras, hasta una cavidad donde acumulaban cables, arandelas, circuitos y otros restos de objetos rotos e inservibles, Dios sabe para qué.

Salud intelectual

  Publicado en el periódico “Nou horta nord” en mayo de 2017. Link. 

               José Saramago dijo una vez una de esas frases geniales por su sencillez y esa lógica no exenta de ironía que tanto le caracterizó: “Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio, que es bueno para mi salud, pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista, tienes que leer”.

              Es innegable que la salud física es la que consideramos más importante. Es aquella que nos va a permitir vivir más y en mejores condiciones. Todos tenemos un miedo horrible a enfermar, a padecer una de esas enfermedades que atenazan a nuestra sociedad. Mucho mayor es nuestro temor a padecer una invalidez o una ceguera. La salud física te proporciona eso que llamamos calidad de vida y te garantiza un cierto distanciamiento con la enfermedad. No es una garantía total, pero más vale eso que nada, como dice la sabiduría popular. Ahora bien, existen otros tipos de salud quizá más importantes: la salud social, la sexual, la emocional, la espiritual, la salud moral, que es aquella que refleja nuestros valores, la postura ante nuestros semejantes y ante los problemas de la humanidad como: la ecología, la política, las ideas, la ética personal. Podríamos enumerar muchos otros tipos de salud, incluso dividirlos en clases y en categorías, pero la que nos importa aquí es la que llamaremos Salud intelectual. Éste tipo de salud es la que nuestro querido Saramago reivindica con esa frase que, con cierta guasa, aprovecha para llamar la atención sobre un colectivo cada vez más numeroso: los deportistas, y ahí yo me atrevería de incluir tanto a los profesionales como a los aficionados e incluso a los mismos hinchas. Todo ese colectivo formado por millones de personas que viven por y para el deporte, que ocupan una parte importante de sus vidas en practicar, pensar, ver y discutir sobre el deporte, olvidando muchas veces que hay algo más. Aunque hay quien dice que el deporte debería considerarse como una actividad intelectual pues, como aquella, también es capaz de resolver problemas. No entraré en tema tan discutible. La cuestión es esta: si entendemos la importancia de cuidar nuestra salud física, por qué no entendemos igualmente que hemos de cuidar nuestra salud intelectual dándole a nuestro cerebro el ejercicio necesario. Es decir: para el cuerpo, ejercicio, frutas, verduras, legumbres y pescado azul, para la mente, lectura, estudio, viajes, conversación y reflexión.

              Todo esto viene a cuento de que el médico acaba de recetarme tres medicamentos de tipo crónico y además que haga ejercicio, que ande todos los días al menos una hora, que será bueno para mi salud y yo, después de salir de la consulta, he vuelto a casa cabizbajo imaginando mi mundo presente hundido y trastocado. Ya sé que dentro de unos días, cuando haya asimilado la situación y haya comprendido que podré seguir haciendo lo mismo que hago ahora, agradeceré el consejo, pero hoy, en una especie de venganza pírrica, he recordado esa frase de Saramago: “Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio, que es bueno para mi salud, pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista, tienes que leer”.

La nostalgia

Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en abril de 2017. Link.

              No sé si la nostalgia puede considerarse una enfermedad o sólo es un síntoma de la depresión. Quien está depresivo piensa en ese ayer que siempre fue mejor y la comparación le sirve para lamentarse del presente. Pero también es cierto que no hace falta estar depresivo para echar de menos el tiempo pasado. La nostalgia es algo muy recurrente adonde todos acudimos para confortarnos de algún modo o simplemente por complacencia. Siempre llevamos con nosotros un poco de nostalgia en el bolsillo, como esa calderilla que te viene tan bien para pagar el café. ¿Qué sería de una conversación con un amigo sin recordar los tiempos pasados? Esa especie de añoranza que nos lleva a recordar lo bien que lo pasábamos antes jugando al futbol en la calle cuando no pasaban coches, o la que nos hace pensar cuando nos comíamos esos bocadillos de calamares -ahora nos sientan mal los fritos-, o esa otra en la que te ves cogido de la mano de tu novia, saboreando las mieles del momento. Podemos tener nostalgia por muchas cosas, es normal, quizá sea un mecanismo de defensa para sobrellevar el presente en los casos extremos, pero eso no nos ha de llevar a considerar que todo tiempo pasado fue mejor, hay un abismo entre una y otra cosa.

            El otro día, mirando los álbumes de fotos de hace treinta años –lo mejor para deprimirse-, mi mujer me confesó lo que echaba de menos aquellos años. Sí, estoy de acuerdo, se pueden añorar aquellos momentos tan felices, pero ahora hay muchos otros momentos igual o más felices. No estropeemos el presente. El minuto de ahora es el más importante de nuestra vida. La nostalgia está mucho mejor en la poesía o en las canciones románticas, pero en el día a día no nos aporta ningún beneficio, la verdad, es mejor no hacerle mucho caso. Aunque todos caemos en lo que predicamos y sin ir más lejos, aquí me tienen escuchando esos boleros antañones de Olga Guillot o Manzanero. Como se suele decir socarronamente en estos casos, “ahora ya no se canta así” Y les diré más. Algunas veces me detengo delante de Casa Mundo, el de toda la vida, y miro apasionadamente -es lo máximo que me puedo permitir- con una tristeza increíble, su vitrina repleta de tapas de calamares, de sepia a la plancha, de albóndigas con pimiento y esa sartén llena de morcillas y longanizas, que se van friendo a fuego lento delante de nuestras narices sin poderlas catar. Solo les diré para terminar, que hoy mismo casi he llorado al recordar que hace muchos años todavía ganaba algunas partidas de ajedrez y hoy acabo de perder dos seguidas contra mi sobrino que apenas sabe jugar ¡Qué mala es la nostalgia!

Nuestras fallas

Publicado en el periódico “Nou horta nord” en marzo de 2017. Link.

                  La redacción de este periódico me sugiere que escriba un artículo relacionado con las Fallas. Me parece la mar de pertinente por dos motivos, primero porque ésta es una edición especial dedicada a la Fallas y segundo, porque recientemente las han declarado Patrimonio de la Humanidad. Pero escribir un artículo sobre las Fallas es todo un reto si se pretende escribir algo que no se haya dicho antes, algo que no conozcamos ya sobradamente. Ardua tarea y difícil dilema entre repetir lo que todo el mundo sabe o decir algo original, si es que hoy en día queda algo original por decir.

              Con la brevedad de este artículo solo voy a decir que las Fallas, como todas las fiestas populares, tienen sus defensores y sus detractores, de hecho, la Unesco, antes de concederles el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad, ha tenido que sopesar algunos aspectos negativos como el rechazo del colectivo antitaurino (el festival taurino que se celebra en Fallas está considerado parte de la fiesta) y las protestas de diferentes entidades vecinales. Y es que todas las fiestas populares provocan problemas y quejas entre los ciudadanos por el simple motivo de que se celebran en la calle (este año se espera que lleguen más de un millón y medio de visitantes): los decibelios se disparan, las basuras que se generan en la vía pública y los destrozos en mobiliario y en jardinería representan un importante gasto para las arcas municipales, los problemas de tráfico y de movilidad son insoportables y las personas que tienen que trabajar o que tienen que descansar, lo tienen harto complicado. ¿Qué ocurre en estos casos? que las opiniones se dividen y, aunque todos, de mejor o peor grado, aceptamos y disfrutamos estas fiestas tal como son, hemos de reconocer que cada año los inconvenientes se multiplican, y cada año son más los valencianos que salen de Valencia buscando la tranquilidad y el sosiego que en sus casas les es arrebatado. Nadie pensaba hace treinta o cuarenta años en irse de Valencia durante las Fallas. ¿A qué se debe ahora ese fenómeno? ¿Nos hemos cansado y preferimos otras cosas? ¿Nos ha cambiado el gusto? ¿No nos importan tanto las tradiciones? ¿Y qué se puede hacer para evitarlo? Creo que no podemos hacer nada. La fiesta seguirá como hasta ahora, con sus cosas positivas y negativas todas por el mismo precio. Y sí, muchos ciudadanos seguirán saliendo de Valencia en estas fechas para no tener que soportar todo eso que hemos dicho, y a su regreso, como si hubieran disfrutado de un largo sueño, encontrarán la ciudad completamente limpia y ordenada, con todas las cosas en su sitio como si nada hubiera pasado.

              Ojalá ese título conseguido de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, sirva para corregir todo lo negativo y encauzar la fiesta para que se mantenga tal como ha de ser. Lo que no se va a conseguir es retener a ese éxodo de cientos de valencianos huyendo de la vorágine festera. Ellos solamente verán a su regreso, el triste espectáculo de las banderitas de plástico colgadas de balcón a balcón que, como testigos mudos, permanecerán en su lugar hasta que la lluvia, el viento y el sol las vaya desgarrando.

Veinte palabras

Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en Marzo de 2017. Link.

        Hace ya bastantes años Julián Marías, que no Javier, escribió un artículo titulado “Veinte palabras”, artículo que se publicó en el diario ABC el 5 de noviembre de 1952. Se refería en él a los vocablos más usados con que titulaban las películas de aquél momento. Entre ellos figuraban palabras como: amor, aventura, misterio, mujer, esposa, noche, enigma, juego, deseo, y siguiendo el orden concluía con once voces más. Recordemos que eran los años cincuenta. Sería curioso comprobar las palabras que se repiten más en los títulos de las películas o en los libros de hoy. Por supuesto que el paso del tiempo y las modas influyen absolutamente en estas cosas. Solo hemos de comprobar cómo era la publicidad de hace unos pocos años y cómo es la actual. Cómo se decían las cosas y cuáles eran nuestros gustos. Pero en todos los casos, la palabra o palabras elegidas para nombrar un producto, se llame película, libro o marca de detergente, lo que se busca es el impacto que ha de causar en el consumidor, pues no deja de ser un producto para la venta. Quienes deciden la frase para el título de una novela, por ejemplo, tienen detrás un concienzudo y detallado estudio de mercado y cuando se decide es porque se conoce de antemano el resultado que va a causar en el público a quien va dirigido dicho producto. Simple marketing. ¿Imaginan ustedes cómo se titularán las películas o los libros dentro de setenta años, si es que existen entonces películas y libros como tal? ¿Qué frases serán las que muevan al consumidor? Fíjense en los cambios en tan solo dos ejemplos: En 1921, Unamuno escribió la novela titulada “La tía Tula” y en 1956, Tomás Salvador escribía la novela por título “El haragán” ¿Creen ustedes posibles esos títulos para una novela de hoy en día? En cuanto al cine, tenemos una película dirigida por Juan de Orduña en 1941 con el título de “Porque te vi llorar”. Otro ejemplo, en 1943 Luís Lucía dirigió la película “El 13–13” ¿Tendrían aceptación esos títulos hoy en día? evidentemente que no. Esto en cuanto a la producción española, pero la extranjera tampoco se queda atrás. Recuerden aquel título de “Cuando ruge la marabunta” o “Juramento de venganza” ¿Verdad que suenan a folletín barato? y sin embargo fueron películas que triunfaron en su día. Pero no olvidemos lo que decíamos al principio. Vimos que la palabra más usada era amor, seguida de aventura, misterio, mujer y noche. Pues hoy en día, pasados más de sesenta años, la palabra que más se repite en títulos de novela sigue siendo amor, seguida de vida, sombras, sueños y azul. Es curioso porque a pesar de que las frases han cambiado tanto, las palabras fundamentales siguen inmutables y curioso también porque coinciden al cien por cien en su sentido más íntimo.

Pedir disculpas

Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en enero de 2017. Link.

    Desde que somos apenas unos niños nuestros padres nos enseñan hasta la saciedad a pedir las cosas por favor. ¿Cómo se dice? le enseña la madre al pequeñín cuando el pobre le pide algo. ¿Cómo se dice? le vuelve a insistir cuando la vecina del segundo le ofrece al niño una chuchería. ¿Cómo se dice? le dice de nuevo cuando la tía le hace un regalito. Ese niño, que podríamos ser cualquiera de nosotros, a lo largo de su vida de infante, se ha tenido que oír unas cuarenta mil veces la misma frase machacona. Con ese ritmo, es lógico que pedir las cosas por favor y el dar las gracias, estén grabados a fuego en la mollera de todo quisque y sea algo que se dice apenas sin pensar. Se da por supuesto que estamos hablando de padres que dan buena crianza a sus hijos pues, como dice el proverbio: “De todo tiene la viña: Uvas, pámpanos y agraz”. El resultado es que ese niño, aunque tenga aprendidas esas frases como un mantra y las repita de memoria, igual que se aprendió el Padre Nuestro (Por cierto ¿hoy en día también se aprende el Padre Nuestro?), sabe la fórmula de memoria y la emplea adecuadamente. Así que por mor de la repetición y el aprendizaje constante, ese niño de mayor sabe pedir las cosas y dar las gracias después. No ocurre lo mismo con otras formulas que también nos van a ser tan necesarias en la vida. Me estoy refiriendo a las locuciones para pedir perdón o disculpas. Esto es algo que cuesta un poco más, a veces mucho más, y me explico. Las expresiones para pedir perdón o disculpas, se usan muy poco a todos los niveles. No vale el que dice perdón a todo trapo sin saber lo que dice. Me refiero, sobre todo, cuando esa persona tiene que reconocer expresamente una falta. Ahí es cuando cuesta sacarlo de verdad. Decir perdón, excúseme o disculpe, entre nosotros casi parece un esnobismo, un anglicismo, algo a imitación de las películas. No en balde se escucha mucho más en las traducciones de películas extranjeras, donde pedir disculpas es algo habitual. Busquemos un por qué a esta cuestión. Pienso que por favor y gracias siempre están relacionados con el hecho de obtener algún beneficio. ¿Pero qué provecho sacamos pidiendo perdón? nada más que reconocer un error o declararnos culpables de algo, y hay muy pocas personas dispuestas a esos extremos. Enseñemos a nuestros hijos la sana costumbre de disculparse siempre que existan los motivos. Digamos a nuestros hijos ¿cómo se dice? cuando tengan que reconocer un error y se acostumbrarán a pedir disculpas de mayores antes de que se lo echen en cara como les pasa hoy en día a tantos personajes de la política. Todos saldremos ganando.

La postnavidad

  Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en enero  de 2017. Link. 

                Acabamos de dejar atrás uno de los momentos del año más complicado, puede que el peor, las Navidades, claro. No quisiera parecer un aguafiestas pero hay que reconocer que hemos dejado atrás dos meses largos en los que el obstinado “espíritu navideño” ha inundado nuestras vidas hasta casi ahogarnos. Se trata de una operación cuidadosamente concebida. La televisión con sus mensajes prepara el camino para la invasión. Es evidente que el plan está trazado con el mismo método y sistema operativo que un ataque militar. No me extrañaría nada que asesores militares intervinieran en él. De lo que estoy convencido es que todos los ministerios se coaligan para la buena marcha del plan. ¿Que cuál es el plan? Obviamente anonadarnos, encandilarnos con cantos de sirena para que gastemos mucho más de lo necesario. No crean ustedes que estoy en contra del consumismo, al contrario, soy totalmente partidario de esa fórmula capitalista que nos mantiene a todos peleando por conseguir algo más de lo que tenemos, aunque no nos haga falta. De hecho, y dentro de mis posibilidades, me considero un buen consumidor y me gusta. ¿Alienado por el sistema?, puede que todos lo estemos de una u otra manera, pero pienso que con esa política es como crecen las sociedades y por ende, nosotros mismos. Bien, estábamos en que la televisión preparaba el terreno, después llegaba la decoración en calles y comercios. Nos bombardean con anuncios, lucecitas, figuritas, villancicos, arbolitos… ¡qué pesadez! Al mismo tiempo, nos colocan bien visibles todos los productos que hemos de comprar: juguetes, turrones, teléfonos inteligentes, smartboxs, todo para todas las edades y todos los gustos, para que nadie se quede fuera y, por supuesto, el consabido marisco y el consabido cava. Si no es esto una invasión, díganme ustedes lo que es. Claro que una invasión consentida a base de cloroformo publicitario. Pero no se acaban ahí las cosas. No nos olvidemos de la lotería con toda su parafernalia y tampoco olvidemos los mensajes de los políticos que, como buenos comandantes de tropa, nos arengan con sus filípicas edulcoradas. No olvidemos tampoco las felicitaciones personales, los besos, los saludos, los wasaps, y las consabidas postales de Unicef. ¡Por Dios, cuándo se acabará todo esto! Pues ya. Ya se ha acabado. Por fin las fuerzas vencedoras se han retirado con el botín. ¿Qué quienes son los vencedores? Ese es un asunto interesantísimo que daría para mucho más que un artículo de cuatrocientas cincuenta palabras. ¿Qué cuál es el botín? Eso si que es evidente. Pero ahora estamos en la Postnavidad, unas fechas que, gracias a Dios, a nadie se le ha ocurrido celebrar aun. Cuando eso ocurra será el fin de nuestra civilización. Solo es tiempo de repasar los deseos incumplidos, mirarnos la cartera y apechugar hasta el próximo ataque.

¿Para que sirve un padre?

 Publicado en el periódico “Nou horta nord” en enero de 2017. Link.

         ¿Para qué sirve un padre? La pregunta puede parecer absurda pero no lo es tanto. Hasta ahora un padre ha significado algo así como la figura principal de la familia, el pilar donde se asentaba, el guía, el modelo y el ejemplo. Pero en lo práctico, el padre era simplemente el que traía el dinero a casa, el bruto que con su esfuerzo ganaba el sustento de la familia. No obstante, hoy en día, se demuestra que ese papel de padre puede ser desarrollado perfectamente por la madre. La madre también puede ser la que con su esfuerzo trae el dinero a casa (y de hecho lo es). Por otra parte, la madre puede ser mucho mejor ejemplo para los hijos (y de hecho lo es). Entonces, vuelvo a hacerme la pregunta ¿para que sirve un padre? Si nos adentramos en el terreno de la biología veremos que la inseminación artificial hace totalmente prescindible al padre como tal. Pensemos en las madres solteras o en las parejas lésbicas, pero sobre todo, pensemos en los niños huérfanos, aquellos que no han conocido a su padre ¿han sido más desgraciados por no haber disfrutado de la mítica figura del pater familias? En el fondo, todos sabemos que no hacemos puñetera la falta, y sobre todo a cierta edad. Entonces, vuelvo a preguntarme, ¿para que sirve un padre? Estamos de acuerdo en que padres los hay de todas las tallas, modelos y colores. Podemos encontrar desde el padre más abyecto, canalla y descastado con sus hijos, hasta el más perfecto educador y padre amante, pero quedémonos en el punto medio, digamos en el padre “normal”. Pues el padre “normal” sería el que trae el dinero a casa, si es que trabaja, el mismo que da un par de gritos para demostrar quien es el más fuerte y si se pone sentimental enseñará a su hijo a ir en bici, porque cree que esa es su labor en esta vida, lo llevará alguna vez al circo o lo subirá a caballito un par de veces. De acuerdo, ¿pero no hemos quedado que todo eso también lo puede hacer (y de hecho lo hace) una madre? entonces, ¿para qué sirve un padre?

            Llegados a este punto, me encuentro en pleno autoanálisis y, de verdad, me está costando muchísimo enfrentarme a la pregunta. Reconozco, con cierta desazón, que el asunto se me está volviendo en contra. Soy padre y quisiera tener clara una respuesta, algún argumento satisfactorio, algo que me apoyara, pero no lo encuentro. Así que voy a ser fuerte y decir lo que en realidad pienso de todo esto: Ser padre solo sirve para inocular al hijo el Complejo de Edipo, crear tensiones en la familia, discutir con los hijos cuando son pequeños, discutir con los hijos cuando son mayores y, en el mejor de los casos, ser recordado y añorado cuando ya se ha muerto.