Salud intelectual

  Publicado en el periódico “Nou horta nord” en mayo de 2017. Link. 

               José Saramago dijo una vez una de esas frases geniales por su sencillez y esa lógica no exenta de ironía que tanto le caracterizó: “Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio, que es bueno para mi salud, pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista, tienes que leer”.

              Es innegable que la salud física es la que consideramos más importante. Es aquella que nos va a permitir vivir más y en mejores condiciones. Todos tenemos un miedo horrible a enfermar, a padecer una de esas enfermedades que atenazan a nuestra sociedad. Mucho mayor es nuestro temor a padecer una invalidez o una ceguera. La salud física te proporciona eso que llamamos calidad de vida y te garantiza un cierto distanciamiento con la enfermedad. No es una garantía total, pero más vale eso que nada, como dice la sabiduría popular. Ahora bien, existen otros tipos de salud quizá más importantes: la salud social, la sexual, la emocional, la espiritual, la salud moral, que es aquella que refleja nuestros valores, la postura ante nuestros semejantes y ante los problemas de la humanidad como: la ecología, la política, las ideas, la ética personal. Podríamos enumerar muchos otros tipos de salud, incluso dividirlos en clases y en categorías, pero la que nos importa aquí es la que llamaremos Salud intelectual. Éste tipo de salud es la que nuestro querido Saramago reivindica con esa frase que, con cierta guasa, aprovecha para llamar la atención sobre un colectivo cada vez más numeroso: los deportistas, y ahí yo me atrevería de incluir tanto a los profesionales como a los aficionados e incluso a los mismos hinchas. Todo ese colectivo formado por millones de personas que viven por y para el deporte, que ocupan una parte importante de sus vidas en practicar, pensar, ver y discutir sobre el deporte, olvidando muchas veces que hay algo más. Aunque hay quien dice que el deporte debería considerarse como una actividad intelectual pues, como aquella, también es capaz de resolver problemas. No entraré en tema tan discutible. La cuestión es esta: si entendemos la importancia de cuidar nuestra salud física, por qué no entendemos igualmente que hemos de cuidar nuestra salud intelectual dándole a nuestro cerebro el ejercicio necesario. Es decir: para el cuerpo, ejercicio, frutas, verduras, legumbres y pescado azul, para la mente, lectura, estudio, viajes, conversación y reflexión.

              Todo esto viene a cuento de que el médico acaba de recetarme tres medicamentos de tipo crónico y además que haga ejercicio, que ande todos los días al menos una hora, que será bueno para mi salud y yo, después de salir de la consulta, he vuelto a casa cabizbajo imaginando mi mundo presente hundido y trastocado. Ya sé que dentro de unos días, cuando haya asimilado la situación y haya comprendido que podré seguir haciendo lo mismo que hago ahora, agradeceré el consejo, pero hoy, en una especie de venganza pírrica, he recordado esa frase de Saramago: “Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio, que es bueno para mi salud, pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista, tienes que leer”.

La nostalgia

Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en abril de 2017. Link.

              No sé si la nostalgia puede considerarse una enfermedad o sólo es un síntoma de la depresión. Quien está depresivo piensa en ese ayer que siempre fue mejor y la comparación le sirve para lamentarse del presente. Pero también es cierto que no hace falta estar depresivo para echar de menos el tiempo pasado. La nostalgia es algo muy recurrente adonde todos acudimos para confortarnos de algún modo o simplemente por complacencia. Siempre llevamos con nosotros un poco de nostalgia en el bolsillo, como esa calderilla que te viene tan bien para pagar el café. ¿Qué sería de una conversación con un amigo sin recordar los tiempos pasados? Esa especie de añoranza que nos lleva a recordar lo bien que lo pasábamos antes jugando al futbol en la calle cuando no pasaban coches, o la que nos hace pensar cuando nos comíamos esos bocadillos de calamares -ahora nos sientan mal los fritos-, o esa otra en la que te ves cogido de la mano de tu novia, saboreando las mieles del momento. Podemos tener nostalgia por muchas cosas, es normal, quizá sea un mecanismo de defensa para sobrellevar el presente en los casos extremos, pero eso no nos ha de llevar a considerar que todo tiempo pasado fue mejor, hay un abismo entre una y otra cosa.

            El otro día, mirando los álbumes de fotos de hace treinta años –lo mejor para deprimirse-, mi mujer me confesó lo que echaba de menos aquellos años. Sí, estoy de acuerdo, se pueden añorar aquellos momentos tan felices, pero ahora hay muchos otros momentos igual o más felices. No estropeemos el presente. El minuto de ahora es el más importante de nuestra vida. La nostalgia está mucho mejor en la poesía o en las canciones románticas, pero en el día a día no nos aporta ningún beneficio, la verdad, es mejor no hacerle mucho caso. Aunque todos caemos en lo que predicamos y sin ir más lejos, aquí me tienen escuchando esos boleros antañones de Olga Guillot o Manzanero. Como se suele decir socarronamente en estos casos, “ahora ya no se canta así” Y les diré más. Algunas veces me detengo delante de Casa Mundo, el de toda la vida, y miro apasionadamente -es lo máximo que me puedo permitir- con una tristeza increíble, su vitrina repleta de tapas de calamares, de sepia a la plancha, de albóndigas con pimiento y esa sartén llena de morcillas y longanizas, que se van friendo a fuego lento delante de nuestras narices sin poderlas catar. Solo les diré para terminar, que hoy mismo casi he llorado al recordar que hace muchos años todavía ganaba algunas partidas de ajedrez y hoy acabo de perder dos seguidas contra mi sobrino que apenas sabe jugar ¡Qué mala es la nostalgia!

Nuestras fallas

Publicado en el periódico “Nou horta nord” en marzo de 2017. Link.

                  La redacción de este periódico me sugiere que escriba un artículo relacionado con las Fallas. Me parece la mar de pertinente por dos motivos, primero porque ésta es una edición especial dedicada a la Fallas y segundo, porque recientemente las han declarado Patrimonio de la Humanidad. Pero escribir un artículo sobre las Fallas es todo un reto si se pretende escribir algo que no se haya dicho antes, algo que no conozcamos ya sobradamente. Ardua tarea y difícil dilema entre repetir lo que todo el mundo sabe o decir algo original, si es que hoy en día queda algo original por decir.

              Con la brevedad de este artículo solo voy a decir que las Fallas, como todas las fiestas populares, tienen sus defensores y sus detractores, de hecho, la Unesco, antes de concederles el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad, ha tenido que sopesar algunos aspectos negativos como el rechazo del colectivo antitaurino (el festival taurino que se celebra en Fallas está considerado parte de la fiesta) y las protestas de diferentes entidades vecinales. Y es que todas las fiestas populares provocan problemas y quejas entre los ciudadanos por el simple motivo de que se celebran en la calle (este año se espera que lleguen más de un millón y medio de visitantes): los decibelios se disparan, las basuras que se generan en la vía pública y los destrozos en mobiliario y en jardinería representan un importante gasto para las arcas municipales, los problemas de tráfico y de movilidad son insoportables y las personas que tienen que trabajar o que tienen que descansar, lo tienen harto complicado. ¿Qué ocurre en estos casos? que las opiniones se dividen y, aunque todos, de mejor o peor grado, aceptamos y disfrutamos estas fiestas tal como son, hemos de reconocer que cada año los inconvenientes se multiplican, y cada año son más los valencianos que salen de Valencia buscando la tranquilidad y el sosiego que en sus casas les es arrebatado. Nadie pensaba hace treinta o cuarenta años en irse de Valencia durante las Fallas. ¿A qué se debe ahora ese fenómeno? ¿Nos hemos cansado y preferimos otras cosas? ¿Nos ha cambiado el gusto? ¿No nos importan tanto las tradiciones? ¿Y qué se puede hacer para evitarlo? Creo que no podemos hacer nada. La fiesta seguirá como hasta ahora, con sus cosas positivas y negativas todas por el mismo precio. Y sí, muchos ciudadanos seguirán saliendo de Valencia en estas fechas para no tener que soportar todo eso que hemos dicho, y a su regreso, como si hubieran disfrutado de un largo sueño, encontrarán la ciudad completamente limpia y ordenada, con todas las cosas en su sitio como si nada hubiera pasado.

              Ojalá ese título conseguido de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, sirva para corregir todo lo negativo y encauzar la fiesta para que se mantenga tal como ha de ser. Lo que no se va a conseguir es retener a ese éxodo de cientos de valencianos huyendo de la vorágine festera. Ellos solamente verán a su regreso, el triste espectáculo de las banderitas de plástico colgadas de balcón a balcón que, como testigos mudos, permanecerán en su lugar hasta que la lluvia, el viento y el sol las vaya desgarrando.

Veinte palabras

Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en Marzo de 2017. Link.

        Hace ya bastantes años Julián Marías, que no Javier, escribió un artículo titulado “Veinte palabras”, artículo que se publicó en el diario ABC el 5 de noviembre de 1952. Se refería en él a los vocablos más usados con que titulaban las películas de aquél momento. Entre ellos figuraban palabras como: amor, aventura, misterio, mujer, esposa, noche, enigma, juego, deseo, y siguiendo el orden concluía con once voces más. Recordemos que eran los años cincuenta. Sería curioso comprobar las palabras que se repiten más en los títulos de las películas o en los libros de hoy. Por supuesto que el paso del tiempo y las modas influyen absolutamente en estas cosas. Solo hemos de comprobar cómo era la publicidad de hace unos pocos años y cómo es la actual. Cómo se decían las cosas y cuáles eran nuestros gustos. Pero en todos los casos, la palabra o palabras elegidas para nombrar un producto, se llame película, libro o marca de detergente, lo que se busca es el impacto que ha de causar en el consumidor, pues no deja de ser un producto para la venta. Quienes deciden la frase para el título de una novela, por ejemplo, tienen detrás un concienzudo y detallado estudio de mercado y cuando se decide es porque se conoce de antemano el resultado que va a causar en el público a quien va dirigido dicho producto. Simple marketing. ¿Imaginan ustedes cómo se titularán las películas o los libros dentro de setenta años, si es que existen entonces películas y libros como tal? ¿Qué frases serán las que muevan al consumidor? Fíjense en los cambios en tan solo dos ejemplos: En 1921, Unamuno escribió la novela titulada “La tía Tula” y en 1956, Tomás Salvador escribía la novela por título “El haragán” ¿Creen ustedes posibles esos títulos para una novela de hoy en día? En cuanto al cine, tenemos una película dirigida por Juan de Orduña en 1941 con el título de “Porque te vi llorar”. Otro ejemplo, en 1943 Luís Lucía dirigió la película “El 13–13” ¿Tendrían aceptación esos títulos hoy en día? evidentemente que no. Esto en cuanto a la producción española, pero la extranjera tampoco se queda atrás. Recuerden aquel título de “Cuando ruge la marabunta” o “Juramento de venganza” ¿Verdad que suenan a folletín barato? y sin embargo fueron películas que triunfaron en su día. Pero no olvidemos lo que decíamos al principio. Vimos que la palabra más usada era amor, seguida de aventura, misterio, mujer y noche. Pues hoy en día, pasados más de sesenta años, la palabra que más se repite en títulos de novela sigue siendo amor, seguida de vida, sombras, sueños y azul. Es curioso porque a pesar de que las frases han cambiado tanto, las palabras fundamentales siguen inmutables y curioso también porque coinciden al cien por cien en su sentido más íntimo.

Pedir disculpas

Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en enero de 2017. Link.

    Desde que somos apenas unos niños nuestros padres nos enseñan hasta la saciedad a pedir las cosas por favor. ¿Cómo se dice? le enseña la madre al pequeñín cuando el pobre le pide algo. ¿Cómo se dice? le vuelve a insistir cuando la vecina del segundo le ofrece al niño una chuchería. ¿Cómo se dice? le dice de nuevo cuando la tía le hace un regalito. Ese niño, que podríamos ser cualquiera de nosotros, a lo largo de su vida de infante, se ha tenido que oír unas cuarenta mil veces la misma frase machacona. Con ese ritmo, es lógico que pedir las cosas por favor y el dar las gracias, estén grabados a fuego en la mollera de todo quisque y sea algo que se dice apenas sin pensar. Se da por supuesto que estamos hablando de padres que dan buena crianza a sus hijos pues, como dice el proverbio: “De todo tiene la viña: Uvas, pámpanos y agraz”. El resultado es que ese niño, aunque tenga aprendidas esas frases como un mantra y las repita de memoria, igual que se aprendió el Padre Nuestro (Por cierto ¿hoy en día también se aprende el Padre Nuestro?), sabe la fórmula de memoria y la emplea adecuadamente. Así que por mor de la repetición y el aprendizaje constante, ese niño de mayor sabe pedir las cosas y dar las gracias después. No ocurre lo mismo con otras formulas que también nos van a ser tan necesarias en la vida. Me estoy refiriendo a las locuciones para pedir perdón o disculpas. Esto es algo que cuesta un poco más, a veces mucho más, y me explico. Las expresiones para pedir perdón o disculpas, se usan muy poco a todos los niveles. No vale el que dice perdón a todo trapo sin saber lo que dice. Me refiero, sobre todo, cuando esa persona tiene que reconocer expresamente una falta. Ahí es cuando cuesta sacarlo de verdad. Decir perdón, excúseme o disculpe, entre nosotros casi parece un esnobismo, un anglicismo, algo a imitación de las películas. No en balde se escucha mucho más en las traducciones de películas extranjeras, donde pedir disculpas es algo habitual. Busquemos un por qué a esta cuestión. Pienso que por favor y gracias siempre están relacionados con el hecho de obtener algún beneficio. ¿Pero qué provecho sacamos pidiendo perdón? nada más que reconocer un error o declararnos culpables de algo, y hay muy pocas personas dispuestas a esos extremos. Enseñemos a nuestros hijos la sana costumbre de disculparse siempre que existan los motivos. Digamos a nuestros hijos ¿cómo se dice? cuando tengan que reconocer un error y se acostumbrarán a pedir disculpas de mayores antes de que se lo echen en cara como les pasa hoy en día a tantos personajes de la política. Todos saldremos ganando.

La postnavidad

  Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en enero  de 2017. Link. 

                Acabamos de dejar atrás uno de los momentos del año más complicado, puede que el peor, las Navidades, claro. No quisiera parecer un aguafiestas pero hay que reconocer que hemos dejado atrás dos meses largos en los que el obstinado “espíritu navideño” ha inundado nuestras vidas hasta casi ahogarnos. Se trata de una operación cuidadosamente concebida. La televisión con sus mensajes prepara el camino para la invasión. Es evidente que el plan está trazado con el mismo método y sistema operativo que un ataque militar. No me extrañaría nada que asesores militares intervinieran en él. De lo que estoy convencido es que todos los ministerios se coaligan para la buena marcha del plan. ¿Que cuál es el plan? Obviamente anonadarnos, encandilarnos con cantos de sirena para que gastemos mucho más de lo necesario. No crean ustedes que estoy en contra del consumismo, al contrario, soy totalmente partidario de esa fórmula capitalista que nos mantiene a todos peleando por conseguir algo más de lo que tenemos, aunque no nos haga falta. De hecho, y dentro de mis posibilidades, me considero un buen consumidor y me gusta. ¿Alienado por el sistema?, puede que todos lo estemos de una u otra manera, pero pienso que con esa política es como crecen las sociedades y por ende, nosotros mismos. Bien, estábamos en que la televisión preparaba el terreno, después llegaba la decoración en calles y comercios. Nos bombardean con anuncios, lucecitas, figuritas, villancicos, arbolitos… ¡qué pesadez! Al mismo tiempo, nos colocan bien visibles todos los productos que hemos de comprar: juguetes, turrones, teléfonos inteligentes, smartboxs, todo para todas las edades y todos los gustos, para que nadie se quede fuera y, por supuesto, el consabido marisco y el consabido cava. Si no es esto una invasión, díganme ustedes lo que es. Claro que una invasión consentida a base de cloroformo publicitario. Pero no se acaban ahí las cosas. No nos olvidemos de la lotería con toda su parafernalia y tampoco olvidemos los mensajes de los políticos que, como buenos comandantes de tropa, nos arengan con sus filípicas edulcoradas. No olvidemos tampoco las felicitaciones personales, los besos, los saludos, los wasaps, y las consabidas postales de Unicef. ¡Por Dios, cuándo se acabará todo esto! Pues ya. Ya se ha acabado. Por fin las fuerzas vencedoras se han retirado con el botín. ¿Qué quienes son los vencedores? Ese es un asunto interesantísimo que daría para mucho más que un artículo de cuatrocientas cincuenta palabras. ¿Qué cuál es el botín? Eso si que es evidente. Pero ahora estamos en la Postnavidad, unas fechas que, gracias a Dios, a nadie se le ha ocurrido celebrar aun. Cuando eso ocurra será el fin de nuestra civilización. Solo es tiempo de repasar los deseos incumplidos, mirarnos la cartera y apechugar hasta el próximo ataque.

¿Para que sirve un padre?

 Publicado en el periódico “Nou horta nord” en enero de 2017. Link.

         ¿Para qué sirve un padre? La pregunta puede parecer absurda pero no lo es tanto. Hasta ahora un padre ha significado algo así como la figura principal de la familia, el pilar donde se asentaba, el guía, el modelo y el ejemplo. Pero en lo práctico, el padre era simplemente el que traía el dinero a casa, el bruto que con su esfuerzo ganaba el sustento de la familia. No obstante, hoy en día, se demuestra que ese papel de padre puede ser desarrollado perfectamente por la madre. La madre también puede ser la que con su esfuerzo trae el dinero a casa (y de hecho lo es). Por otra parte, la madre puede ser mucho mejor ejemplo para los hijos (y de hecho lo es). Entonces, vuelvo a hacerme la pregunta ¿para que sirve un padre? Si nos adentramos en el terreno de la biología veremos que la inseminación artificial hace totalmente prescindible al padre como tal. Pensemos en las madres solteras o en las parejas lésbicas, pero sobre todo, pensemos en los niños huérfanos, aquellos que no han conocido a su padre ¿han sido más desgraciados por no haber disfrutado de la mítica figura del pater familias? En el fondo, todos sabemos que no hacemos puñetera la falta, y sobre todo a cierta edad. Entonces, vuelvo a preguntarme, ¿para que sirve un padre? Estamos de acuerdo en que padres los hay de todas las tallas, modelos y colores. Podemos encontrar desde el padre más abyecto, canalla y descastado con sus hijos, hasta el más perfecto educador y padre amante, pero quedémonos en el punto medio, digamos en el padre “normal”. Pues el padre “normal” sería el que trae el dinero a casa, si es que trabaja, el mismo que da un par de gritos para demostrar quien es el más fuerte y si se pone sentimental enseñará a su hijo a ir en bici, porque cree que esa es su labor en esta vida, lo llevará alguna vez al circo o lo subirá a caballito un par de veces. De acuerdo, ¿pero no hemos quedado que todo eso también lo puede hacer (y de hecho lo hace) una madre? entonces, ¿para qué sirve un padre?

            Llegados a este punto, me encuentro en pleno autoanálisis y, de verdad, me está costando muchísimo enfrentarme a la pregunta. Reconozco, con cierta desazón, que el asunto se me está volviendo en contra. Soy padre y quisiera tener clara una respuesta, algún argumento satisfactorio, algo que me apoyara, pero no lo encuentro. Así que voy a ser fuerte y decir lo que en realidad pienso de todo esto: Ser padre solo sirve para inocular al hijo el Complejo de Edipo, crear tensiones en la familia, discutir con los hijos cuando son pequeños, discutir con los hijos cuando son mayores y, en el mejor de los casos, ser recordado y añorado cuando ya se ha muerto.

La mañana

El camino con agua de una acequia

y una línea sembrada de naranjos.

El agua viene mansa y acaricia la zanja

curvando su piel por las paredes.

 

Robustos cipreses, fuertes y orgullosos

esconden sus frutos duros como piedras.

El cielo es casi blanco, de un blanco no inventado,

de un blanco nunca dicho, de un blanco delicado.

 

El verdecillo hunde su cuerpo en el agua

sacude sus plumas y vuelve a chapuzarse.

El césped destila su rocío al ser pisado.

Las hojas de la adelfa enhiestas como lanzas

son camino de hormigas de rutas misteriosas.

 

La tórtola zurea sin descanso

y se ayuda al andar con la cabeza.

Elige una ramilla de forma caprichosa

y vuela con ella al pino más cercano.

 

La mañana conmueve con sus limpios sonidos.

Las aves, las flores del naranjo y la alhucema,

y una miríada de insectos laboriosos

gobiernan cielo y tierra bajo un sol complaciente.

Ha nacido una nueva mañana.

Hay un patio escondido

 Hay un patio escondido con el piso de mármol.

El mármol es blanco y tiene algunas betas grises,

mas sobre todo es blanco y brilla mucho.

El espacio es cuadrado, ni grande ni pequeño.

Las paredes son altas y lucen encaladas.

¡Qué blanco que es el suelo!

.

En el centro una fuente y a ras del suelo el agua.

El agua es mansa y se derrama, mas nunca llena el vaso.

El sonido del agua rebota en las paredes,

retiembla y dibuja pequeñas ondas rotas.

.

La piedra, que aparenta estar muerta, rodea la fontana

y el agua se agita, se estremece, y no cesa de hablar.

Y su rumor suave y melancólico se escucha día y noche.

Es un rumor inadvertido que clama desde siempre.

.

De noche, la luna con su luz opalina dice al mármol

que el agua le llama persistente.

Que hace tiempo se quedó enamorada del blanco y de su brillo.

Que quiere alcanzarlo y bañarse en la claridad de su cara tan blanca.

Que quiere unirse a él y dejar de ser fuente.

Que quiere convertirse en río y en estanque

y llenar con sus aguas cada rincón del suelo.

.

Una noche los vi desde aquella ventana.

La luna estaba clara, redonda y generosa,

y asomaba por encima del patio, lo recuerdo.

Su luz llenó todo el espacio y miró a los amantes.

.

Pero yo no era el mismo de ahora

y mi memoria no es la misma de entonces,

ni mis ojos cansados son los mismos.

Esperaré otra vez, pero no sé.

Quizá sea mejor ya no mirar por la ventana.

Quizá sea mejor vivir con el recuerdo de aquella noche enamorada:

la enorme luna de agua, la fuente sosegada, el mármol entregado…

.

Qué importa si pasó, si no pasó.

Qué importa si sólo yo recuerdo. Si lo que vi fue o no fue cierto:

la luna, el espacio cuadrado con las paredes altas y el agua estremecida.

Mas lo que más recuerdo era el blanco de mármol,

¡Qué blanco que era el suelo!

Cuando yo ya no esté

Cuando yo ya no esté,

tan solo habrá una cosa que me ha de doler mucho:

no verte, no encontrarte será el mayor dolor.

.

Cuando yo ya no esté,

ni aquí ni en ningun sitio,

ya no podré oler, ni ver, ni hablarte.

.

Ni rozar esos labios, ni siquiera pensar

ni mirarte dormida, ni decir que te quiero,

por eso lo hago ahora.

.

Cuando yo ya no esté,

sospecho que tú recordarás cuánto te amaba

y estarás pensativa cada noche.

.

Y buscarás en las fotografías

mi rostro y mi recuerdo

y al mirar a tus hijos verás un gesto mio.

.

Yo no podré decirte nada,

ya no podré tomar tu mano,

ni besarte otra vez, ni un susurro a tu oído.

.

Cuando yo ya no esté,

ya no podré decir lo que te quiero,

por eso lo hago ahora.

.

No te podré rozar de nuevo,

ni dibujar tu sonrisa con mis labios,

ni hablar de más proyectos.

.

Buscarás en mis ropas

y entre las hojas de un libro

algún recuerdo mío.

.

Y en los espejos intentarás hallar

mi imagen apagada

y creerás encontrarme en una esquina.

.

Y en nuestra cama, cuando yo ya no esté,

te pondrás en mi lado

 y olerás nuestra almohada.

.

 Yo no podré sentirte, ni escuchar tu lamento.

No podré consolarte, ni besar esa lágrima,

ni acariciar tu pelo.

.

Ese mechón tan blanco que cae por tu mejilla

más fino que la seda,

no rozará mi mano.

.

La ventana entreabierta te traerá algún sonido

de noche sudorosa de verano.

De esas noches sin embozos ni telas.

.

Y ese sonido pensarás que soy yo,

pero yo no estaré por ningún sitio.

Yo no seré ni nube, ni huella, ni vestigio.

.

No existirán mis huesos, ni restos,

ni moléculas, ni sombra podré dar

sobre ninguna parte.

.

Cuando yo ya no esté,

ya no podré pensar si lo hice bien o mal.

Ya no cabrá arrepentimiento.

.

Ya no cabrá pedir perdón a nadie,

ni agradecer, ni dar una sonrisa,

ni besar a mis hijos.

.

Te dejo el cometido de hacerlo por mí.

Te cedo la tarea de quererlos a todos

y de quererte a ti.

.

Y te cuento estas cosas

ahora que estoy vivo

y que siento en el alma todo el amor tuyo.

.

Para que me recuerdes

si te cruzas un día con este escrito mío

y te da por leerlo.

.

Yo no estaré por ningún sitio ¿recuerdas?

Y no podré decirte lo que te amo,

por eso lo hago ahora.