Hay un patio escondido

 Hay un patio escondido con el piso de mármol.

El mármol es blanco y tiene algunas betas grises,

mas sobre todo es blanco y brilla mucho.

El espacio es cuadrado, ni grande ni pequeño.

Las paredes son altas y lucen encaladas.

¡Qué blanco que es el suelo!

.

En el centro una fuente y a ras del suelo el agua.

El agua es mansa y se derrama, mas nunca llena el vaso.

El sonido del agua rebota en las paredes,

retiembla y dibuja pequeñas ondas rotas.

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La piedra, que aparenta estar muerta, rodea la fontana

y el agua se agita, se estremece, y no cesa de hablar.

Y su rumor suave y melancólico se escucha día y noche.

Es un rumor inadvertido que clama desde siempre.

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De noche, la luna con su luz opalina dice al mármol

que el agua le llama persistente.

Que hace tiempo se quedó enamorada del blanco y de su brillo.

Que quiere alcanzarlo y bañarse en la claridad de su cara tan blanca.

Que quiere unirse a él y dejar de ser fuente.

Que quiere convertirse en río y en estanque

y llenar con sus aguas cada rincón del suelo.

.

Una noche los vi desde aquella ventana.

La luna estaba clara, redonda y generosa,

y asomaba por encima del patio, lo recuerdo.

Su luz llenó todo el espacio y miró a los amantes.

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Pero yo no era el mismo de ahora

y mi memoria no es la misma de entonces,

ni mis ojos cansados son los mismos.

Esperaré otra vez, pero no sé.

Quizá sea mejor ya no mirar por la ventana.

Quizá sea mejor vivir con el recuerdo de aquella noche enamorada:

la enorme luna de agua, la fuente sosegada, el mármol entregado…

.

Qué importa si pasó, si no pasó.

Qué importa si sólo yo recuerdo. Si lo que vi fue o no fue cierto:

la luna, el espacio cuadrado con las paredes altas y el agua estremecida.

Mas lo que más recuerdo era el blanco de mármol,

¡Qué blanco que era el suelo!

Cuando yo ya no esté

Cuando yo ya no esté,

tan solo habrá una cosa que me ha de doler mucho:

no verte, no encontrarte será el mayor dolor.

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Cuando yo ya no esté,

ni aquí ni en ningun sitio,

ya no podré oler, ni ver, ni hablarte.

.

Ni rozar esos labios, ni siquiera pensar

ni mirarte dormida, ni decir que te quiero,

por eso lo hago ahora.

.

Cuando yo ya no esté,

sospecho que tú recordarás cuánto te amaba

y estarás pensativa cada noche.

.

Y buscarás en las fotografías

mi rostro y mi recuerdo

y al mirar a tus hijos verás un gesto mio.

.

Yo no podré decirte nada,

ya no podré tomar tu mano,

ni besarte otra vez, ni un susurro a tu oído.

.

Cuando yo ya no esté,

ya no podré decir lo que te quiero,

por eso lo hago ahora.

.

No te podré rozar de nuevo,

ni dibujar tu sonrisa con mis labios,

ni hablar de más proyectos.

.

Buscarás en mis ropas

y entre las hojas de un libro

algún recuerdo mío.

.

Y en los espejos intentarás hallar

mi imagen apagada

y creerás encontrarme en una esquina.

.

Y en nuestra cama, cuando yo ya no esté,

te pondrás en mi lado

 y olerás nuestra almohada.

.

 Yo no podré sentirte, ni escuchar tu lamento.

No podré consolarte, ni besar esa lágrima,

ni acariciar tu pelo.

.

Ese mechón tan blanco que cae por tu mejilla

más fino que la seda,

no rozará mi mano.

.

La ventana entreabierta te traerá algún sonido

de noche sudorosa de verano.

De esas noches sin embozos ni telas.

.

Y ese sonido pensarás que soy yo,

pero yo no estaré por ningún sitio.

Yo no seré ni nube, ni huella, ni vestigio.

.

No existirán mis huesos, ni restos,

ni moléculas, ni sombra podré dar

sobre ninguna parte.

.

Cuando yo ya no esté,

ya no podré pensar si lo hice bien o mal.

Ya no cabrá arrepentimiento.

.

Ya no cabrá pedir perdón a nadie,

ni agradecer, ni dar una sonrisa,

ni besar a mis hijos.

.

Te dejo el cometido de hacerlo por mí.

Te cedo la tarea de quererlos a todos

y de quererte a ti.

.

Y te cuento estas cosas

ahora que estoy vivo

y que siento en el alma todo el amor tuyo.

.

Para que me recuerdes

si te cruzas un día con este escrito mío

y te da por leerlo.

.

Yo no estaré por ningún sitio ¿recuerdas?

Y no podré decirte lo que te amo,

por eso lo hago ahora.

Cantos de la mañana

 

Las lechugas de un verde inagotable,

robustas y resueltas,

nos abren sus hojas, descocadas,

como una flor que busca quién la preñe.

 

El escarabajo antes hermoso y fuerte y poderoso,

con su coraza irisada de verdes y negros relucientes,

herido quizá por accidente

en el camino de tierra que lleva al pueblo,

es comido por cientos de hormigas

que impasibles, sin importarles la belleza truncada,

ni su esplendor de antes, ni su coraza,

se afanan por ir desintegrando, poco a poco,

lo que queda de aquel, que sólo es su alimento.

 

Las flores del espliego,

pugnan por ser más altas

las unas que las otras.

 

Las flores del romero, del lirio,

la achicoria y la alhucema y el cardo corredor,

envidian al cielo y calcan su color.

 

Hoy no he olido el azahar.

Hoy no he visto aquel perro.

Hoy la garza no está.

 

Las flores amarillas del diente de león,

vuelven sus caritas péndulas

cuando el sol se va

que dan pena ver.

 

La flor del humilde hinojo miró a su vecina la acacia,

que orgullosa ornaba el camino con sus racimos de oro:

¿Podrías prestarme un poco de ese hermoso color,

para poder lucir, aunque fuera un instante,

mis humildes capullos con tu mismo esplendor?

dijo con un hilo de voz la cabezuela parlante,

y antes de que la acacia pudiera responder,

una intangible brisa que la aurora escuchó,

esparció una nube dorada por todo el jardín

y millones de flores de hinojo saltaron dichosas

tan bellas y resplandecientes como nunca soñaron,

con sus nuevos vestidos radiantes de luz.

 

El agua de la acequia, que parece quieta,

peina las finas algas, someras, lánguidas, casi inertes,

como si fueran los cabellos de una indolente ninfa

en su noche de bodas bajo luna de abril.

Palabras

La palabra más bella y más profunda,

no está dicha por nadie,

sale cada mañana del corazón de una pequeña flor.

La palabra más bella y más profunda,

se escribe en el cielo con jirones de nubes

cada mañana, con la primera luz.

_____

Puede que en ciertas ocasiones,

no encuentres las palabras para expresarte.

Quizá en esas ocasiones,

no hagan falta palabras.

_____

Esa palabra que te ahoga, que vive entre tus labios.

Esa palabra que a veces te presiona, que casi paladeas.

Esa palabra que llevas contigo a todas partes

y que asoma temblando entre tus ojos.

Esa palabra que ronronea junto a tu corazón,

que habita entre los pliegues de tus sueños,

tú ya lo sabes que es la palabra amor.

Haikus

HAIKUS AL MIRLO AMIGO

El mirlo amigo

pirrita y pirritea

y el sol se esconde.

.

En la cornisa

un mirlo se ha parado

me mira y pía.

.

Por todo el cielo

la pluma se recorta

de un mirlo negro.

.

Un par de mirlos

corren por el tejado

hacia el alero.

.

Su pico grana

pirrita que pirrita

su zanca danza.

.

Mirlo mirlero

me encantas con tu canto

¡cuánto te anhelo!

.

El mirlo salta

se mueve y corretea

y a veces vuela.

.

Su traje negro

parece que es de fiesta

y él es la orquesta.

.

El mirlo preso

en alambrada celda

canta tristeza.

.

Busca pareja

se sube a los tejados

pirrita y vuela.

.

Tu pico es grana

tu cuerpo es fino y negro

tus patas rojas.

.

Los limoneros.

Un mirlo se ha escondido

bajo uno de ellos.

.

La tarde esconde

un mirlo en una rama

¡búscalo adónde!

.

HAIKUS AL CAMINO

Mira la Luna,

tiene cara de alguna

y no de luna.

.

Detén tu paso,

ha cruzado una oruga,

mañana vuela.

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El agua brama

por la arisca montaña

y llega dócil.

.

El viejo sauce

jugó con agua clara,

cuando era un niño.

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Arisco y duro

el fruto del castaño.

Arisco y duro.

.

Al andar crujen

su cri-cri me acompaña.

Pinocha y piñas.

.

El agua corre

por la acequia se ondula

y llega mansa.

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De luz y espuma

la fuente en un instante

de seda y plata.

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Agua estancada

un pájaro se baña

reflejo roto.

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Por el camino:

un perro con su dueño.

Blancos azahares.

.

Sobre la acequia

la garza se refleja.

Se ondula el agua.

.

Calor de estío:

una leve cortina

mueve la brisa.

.

Un verdecillo

picotea unas hojas.

Frio de invierno.

.

HAIKUS DEL RECUERDO

Atún y huevo:

comida que ha sobrado

y un cuenco tapa.

.

En la terraza:

con el talón me rasco.

Será un mosquito.

.

Oigo cazuelas:

la cena se prepara.

Me acerco al fuego.

.

Clase de mates,

miro por la ventana.

Saludo al olmo.

.

Tajo y Segura.

Molibdeno y tecnecio.

No hay más recuerdos.

.

Copiar cien veces.

Aprender de memoria.

Llorar de rabia.

.

Arnal y Costa,

los tengo en mi memoria.

García y Lluch.

.

El profe explica,

yo rio con mi amigo

¡la bofetada!

.

Don Seve, el latín

Doña Julia la historia.

Sólo quiero dormir.

. 

HAIKUS ÍNTIMOS

Desde tus ojos

he visto mi reflejo

¿tú ves el tuyo?

.

Mi periquillo

se me murió en la mano

sin decir pio.

.

Me asomo al balcón:

dos verdecillos huyen,

¡qué vista tienen!

.

Una taronja,

un xanglotet de raïm.

Vi blanc i a dormir.

.

Lo teu somriure

te un so de campanetes.

Fa cosquerelles.

.

Una plometa

s´ha desprès de l´aleta.

L´au està trista.

.

El sol s´amaga,

passen ràpids els núvols.

Som a la tardor.

.

Un pensament diu:

si algú em puguera traure…

i la veu calla.

.

L´aigua que passa

arriba en molta pressa.

El mar l´aguarda.

.

Violencia de género

           Tuve un amigo durante muchos años que tenía la costumbre de quejarse por todo. No sé si a eso se le puede decir una costumbre, ni siquiera una manía era, sencillamente, su carácter. Cuando íbamos paseando por la calle, las quejas y las críticas por todo lo que veía eran tan constantes que a veces me daban ganas de dar media vuelta y dejarlo solo. Todos los años que nos frecuentamos fueron igual; yo casi estaba acostumbrado. Según él, la sociedad entera era un compendio de todas las vulgaridades. Todo el mundo era hipócrita por no decir las cosas claras como él. La mala educación, la zafiedad y el mal gusto eran la norma y, por supuesto, la amistad no existía, todo era hipocresía e interés. Pero mi amigo padecía una enorme contradicción: no sabía vivir solo. Una persona que veía a la sociedad tras ese prisma tan espantoso y tan falto de valores, era incapaz de quedarse en casa y aislarse por algún momento de ese mundo tan despreciable que tenía a su alrededor, era incapaz de vivir su propia vida y abstraerse de todo lo que le molestaba. Al contrario, necesitaba salir y mirar aquella humanidad de la que era miembro, para seguir juzgándola, padeciéndola y sufrir con ello, porque me consta que sufría. Lo pasaba verdaderamente mal, pero al mismo tiempo no podía dejar de hacerlo: era su alimento diario. Tenía que expresar la crítica constante para que fuera oída, cosa que, al mismo tiempo le excitaba más y se enfadaba consigo mismo solo de oírse.

            Una mañana me dijo que el café que estaba tomando no sabía a nada, no faltaba más, pensé yo. Se puso dos sobres más de azúcar y se lo dejó diciendo que le sabía a cartón mojado. Parece que desde ese día a ninguna comida le encontró sabor. Después llegó lo del oído. Comenzó sintiendo unos fuertes pitidos en ambos oídos. Le pusieron un aparato que no sirvió para nada; se quedó sordo como una tapia. El día de su cumpleaños se despertó con una sombra en los ojos. Me dijo que lo veía todo como envuelto en ceniza. Tengo la sensación de que unos gamberros me han tirado algo con un espray, me dijo cuando salíamos de su casa. Ya soy bastante torpe con la luz apagada ahora verás como tropiezo por todas partes, me comentó mientras se cogía de mi brazo. De qué se quejará ahora que ni oye y casi no puede ver, me preguntaba yo. Pues se quejaba de sí mismo, de su mala estrella, de que todo le había venido al mismo tiempo, de que él no merecía ese castigo. Tenía razón. Terminó por quedarse en casa y sentarse en un sillón frente a una ventana sin decir nada. Cierra los ojos y se pasa el día dormitando, me dijo su mujer. No tenía ninguna enfermedad, les dijeron, solo era un estado de ánimo que un buen día podría cambiar. Pero ese estado de ánimo iba a más. Dejó de comer, solo estaba allí, sin moverse, sin hablar, sin comer, sin hacer nada, consumiéndose poco a poco. Su mujer le humedecía los labios de vez en cuando. Sí, es todo lo que hago, me decía, le humedezco los labios y le cambio el pañal. Al principio le abría la cortina de la ventana, pero como se quedó ciego del todo… La sala se convirtió poco a poco en una estancia vacía lúgubre y gris, gris como la ceniza de sus ojos. ¿Cómo puede resistir tanto un cuerpo?, decíamos los amigos mientras compadecíamos a su mujer. Mientras tenga fuerza el corazón… Pero no come nada. Sí, ni come ni se muere, es terrible, comentábamos sin dejar de pensar cómo había sido hasta entonces y en la fortaleza de su carácter. Y su mujer desde que él se quedó así apenas sale de casa, cómo puede resistir tanto tiempo, nos preguntábamos con lástima. Nos quejábamos de él, yo el primero, pero ahora le echábamos de menos.

            Lo leímos en las noticias locales del periódico: OTRO SUPUESTO CASO DE VIOLENCIA DE GÉNERO. Una mujer de sesenta y dos años, supuestamente acaba con la vida de su marido degollándolo con un cuchillo de cocina y después se arroja al vacío desde un séptimo piso, muriendo en el acto. Ambos eran muy conocidos en el barrio y nadie se explica lo sucedido.

El protocolo

            Una de las situaciones en la que no me quisiera ver nunca es encontrarme a un buen amigo de esos que no ves hace años, en un urinario público. Imaginemos una habitación algo estrecha, con dos departamentos y tres urinarios adosados en la pared contigua. Imaginemos que hay dos personas, usted y el amigo que entra en ese momento. ¿Cómo se saludan? ¿Se le da la mano húmeda? ¿Se le abraza con unas sonoras palmadas en la espalda? ¿Se quedan allí hablando, o salen fuera? ¿Esperará usted a que su amigo haga lo que ha venido a hacer? porque ese amigo ha entrado con prisas, que es lo normal cuando uno llega a esos sitios. ¿Qué dirán las normas de educación en estos casos? ¿Cuál será el protocolo, como ahora se dice, para que todo resulte perfecto y encantador? No tengo la menor idea. Supongo que es una de esas cosas de la vida que no está prevista y que se deja a la improvisación de cada cual. Creo que por eso, las madres y las abuelas que son tan sabias, nos han dicho siempre eso de que hay que salir de casa “con todo hecho”. Gran verdad, en efecto, lo que ocurre es que a cierta edad uno ha de tener un urinario público cada ochocientos metros. Como eso es muy difícil, lo que hemos de hacer es tener localizados todos los lugares a los que se puede entrar dentro de nuestro recorrido, como pueda ser un ambulatorio, unos grandes almacenes, un Mercadona (no todos sirven), o un bar del que seamos clientes. Lo importante es llegar a casa sano y con el pantalón indemne. En esas situaciones graves de verdad, eso de encontrarse con un amigo en los urinarios es peccata minuta, lo importante de verdad es llegar a un lugar lo antes posible, porque la vejiga es muy suya y está conectada directamente con el cerebro, créanlo. Alguna vez me ha ocurrido a mí estar tres y cuatro horas aguantando sin visitar el wc, pero es pensar que voy a llegar a casa, para que la vejiga se ponga en marcha como si ya estuviera allí. Rápidamente hay que pensar en otra cosa, disimular, imaginar que habrá visita cuando llegues y mil subterfugios más, pero la cosa sigue adelante hasta que a punto de reventar y con temblores de muerte, logras abrir la puerta de casa y con toda la voluntad del mundo concentrada en los esfínteres, que es algo que tenemos por ahí, llegas vencedor a tu meta. Una vez más has ganado, te dices respirando hondo. El problema llegará cuando tengas en casa una visita de verdad, la de ese amigo de antes, por ejemplo. ¿Cuál será el protocolo entonces? nos preguntamos.

Dos paquetes de papas

          Mi nieto de catorce meses se esforzaba en el súper intentando levantar dos envases de seis botellas de agua, uno en cada mano. Evidentemente no lo consiguió, los dejó y sin inmutarse cogió dos paquetes de papas que metió en el carro de la compra diciendo ta, ta, ta, ta, ta, ta y después se fue a coger las botellas de gel de baño. Unos días después, recordando la escena, me puse a pensar que a veces nos obstinamos en algo que nos supera y como el empeño, en muchos casos va unido al pundonor, no nos apeamos de él por nada del mundo. Está bien tener una ilusión, incluso es bueno ponerse metas y apuntar lejos pero, al mismo tiempo, hemos de reconocer nuestras limitaciones. Mi nieto se dio cuenta enseguida, nosotros a veces tardamos toda una vida en enterarnos. ¿Qué ocurre cuando no conseguimos aquello que ciframos como lo más importante? Esa mujer o ese hombre que suponíamos perfecto, ese trabajo tan bueno, esa casa tan bien orientada, ese viaje. La frustración es lo de menos, lo peor es el peligro de creer que ya no existe nada más en el mundo. Creo que a veces es mucho más saludable ponernos metas más cortas. Soñar es bueno, pero hacerlo en la cama es lo ideal, si te caes, solo es medio metro.

            Mi mujer y yo teníamos un plan desde hacía varios años. Tenía sus complicaciones, pero era nuestro proyecto y, como siempre dije yo: el primer paso para hacer algo es pensarlo, y nosotros lo teníamos pensado y bien pensado. Ese plan era ir en autocaravana hasta Laponia, recoger las impresiones del viaje que iba a durar varios meses y venderlas a un periódico o una revista de viajes. Un buen día, cuando la idea ya estaba bastante adelantada, vimos por Google Hearth unas imágenes de Rovaniemi que nos decepcionaron. La ciudad de Rovaniemi era nuestra meta y aquello que nosotros veíamos en la pantalla eran unas calles con casas de cuatro plantas parecidas a las de aquí, con idénticas señales de tráfico en las calles, con tristes abedules plantados en las aceras, con marquesinas de autobús, con una tienda de H & M y con anuncios de Kebab. Tan insulso y anodino era todo que nos miramos a la cara sin decir una palabra y el plan desapareció de nuestra nube como una pompa de jabón, hizo pluff. Desestimado el proyecto que nos tuvo enganchados varios años, fuimos a lo más realista, algo que podíamos abarcar sin complicaciones y este año nos fuimos a Málaga, una bonita ciudad con clima y vegetación cuasi tropical, llena de ambiente, de parques y bonitas calles, con espetos de sardinas en la playa. Ni punto de comparación. En la próxima ocasión, antes de embarcarme en largas aventuras, recordaré a mi nieto que no le costó nada dejar las pesadas botellas y coger dos paquetes de papas.

Los bolígrafos

            Los veo por la calle, los veo en el autobús, los veo sentados en un banco del parque. Todos son diferentes pero todos se parecen en el bolígrafo que les asoma por el bolsillo de la camisa. Puede ser un bolígrafo metálico o uno más modesto con un logotipo serigrafiado de Bankia o de Norauto, es lo de menos. Se me ha olvidado comentar algo, que todos ellos son jubilados. Y yo me pregunto, para qué demonios necesita un señor jubilado de setenta u ochenta años, llevar un bolígrafo en el bolsillo de su camisa. El otro día, desde el autobús, vi a un señor mayor con cuatro bolígrafos diferentes asomando por un bolsillo de su camisa. Entiendo que alguien que va paseando por la calle ha de ir preparado y no puede salir de casa sin la cartera con diez euros, por si acaso, el DNI, la cartilla de la Seguridad Social, el pase para el autobús, ¿pero un bolígrafo? ¿Funcionará ese bolígrafo, me pregunto yo, o tendrá ya la tinta seca? De lo que tengo dudas es de lo que llevará en la cartera, porque he apuntado cuatro cosas de pura lógica, pero ¿han visto ustedes esas carteras que se cierran envueltas con una goma?, seguro que sí. Pues en esas carteras puede caber de todo y no solo las tarjetas. Allí podremos encontrar cupones de la ONCE caducados y del día, números de teléfono anotados en una libretita, algunas fotografías de la familia, un billete de cien pesetas, no sería el primero, algunos tiques de compra, fotografías de carnet, la tarjeta de la Caja de Ahorros, hasta viejos recibos y, quién sabe si una carta de amor. Concluyamos que todo lo que lleva un jubilado en la cartera podría darnos más de una sorpresa y no solo por la cantidad.

            Pero ¿qué me dicen de las mujeres? Sin ir más lejos, la cartera de mi mujer que es la única que conozco, lleva algunos billetes, claro está, algunas tarjetas de crédito, tampoco faltan algunas fotografías, nada que decir ya que es algo tan normal que supongo las lleva todo el mundo, lo que sí me sorprende de verdad son esa media docena de estampitas con los más variados santos y vírgenes del santoral. Evidentemente se trata de una costumbre de esas que se arrastra desde los orígenes y que no eres capaz de resistirte por ese atavismo que nos hace pensar que si las quitáramos de la cartera nos iba a suceder alguna desgracia. Lo mismo que debe pensar el jubilado del bolígrafo en el bolsillo de la camisa, un bolígrafo que probablemente nunca usará pero que un día le puede salvar la vida, como la estampita de San Cristóbal o la Virgen del Carmen.

El locutorio

          ¿Han visto ustedes algo más sucio, destartalado y tétrico que un locutorio? Sí, cualquier locutorio público que podamos encontrar por alguna barriada de nuestra ciudad, donde viven alquilados los inmigrantes. No conozco los locutorios de otras ciudades y mucho menos los de otros países, no sé si son igual. Sus nombres nos indican quienes los regentan: Badal, Damasco, Baba telecom, Rached, Ali y nombres por el estilo. Desde la calle, vemos un local estrecho y mal iluminado. Papeles con letras salidas de la impresora decoran sus cristales: Se liberan móviles, recargas, servicio de fax, envíos de dinero, internet… y las clásicas ofertas de llamadas locales, nacionales y al extranjero: Brasil, Colombia, Paquistán, Rumanía…

            El locutorio con el que estoy pensando, siempre tiene delante de la puerta alguna bicicleta. A ciertas horas se reúnen en la entrada varios hombres hablando. Sus caras y su aspecto nos dicen que son de Marruecos, otros son subsaharianos. Esperan apoyados en la pared, entran, salen, fuman, hablan. Ocupan la acera con sus bicicletas y se agrupan por razas. En el interior hay un hombre detrás de un mostrador, con la mano apoyada en la barbilla. La luz es muy precaria, unas cortinas de tela cubren los estrechos espacios interiores. Miramos de reojo y pasamos  deprisa pensando que antes era un negocio familiar de joyería, una tienda de ropa, un pequeño taller donde se encuadernaban libros o el garaje donde el señor del tercero derecha guardaba su coche. Ahora cada uno de los antiguos propietarios o inquilinos quizás se han jubilado o aún les dura el paro y el coche duerme al raso. Imagino que ha pasado lo mismo en muchos locales antes prósperos y ahora convertidos en negocios de tercera. Las tiendas de todo a cien y los locutorios han venido a sustituir una buena cantidad de buenos negocios con solera que no pudieron resistir el embate de la crisis.

            No quiero convertir este artículo en un rincón de la nostalgia. Comprendo que las cosas han de cambiar para renovarse, que es imposible que las cosas duren eternamente. Nos duele que desaparezcan negocios a veces centenarios, negocios que hemos visto desde niño y que forman parte de nuestra vida, pero imagino que lo mismo habrá pasado en otras épocas. Es cierto que ahora las cosas van mucho más rápido y esa sensación de velocidad es lo que nos da vértigo y a veces miedo. Ahora la ciudad se renueva cada cinco años, algo nada fácil de asimilar, es cierto. Pero es que esos locutorios. ¿No podrían hacerlos más alegres y limpiar y poner luces y encontrarnos en su puerta una sonrisa y un saludo cuando pasáramos?