El cable suelto

           ¿Alguien ha reparado de manera precisa en el cableado que recorre las calles, pegándose a las paredes de nuestras casas? Yo lo observo parado en una esquina o mientras paseo por una larga avenida, en las plazas o enfrente de mi casa. Él intenta pasar desapercibido, adoptando las formas de la arquitectura que va encontrando a su paso. Se acopla a las molduras, se ajusta en los aleros, se suelda a los resaltes e intenta camuflarse en las fachadas que va recorriendo en su ahilado y eterno camino. Otras veces se muestra tal cual es y no le importa aparecer colgando sobre un patio o atravesar la calle, tenso y desafiante, para incrustarse en la pared contigua. ¿Han reparado alguna vez en la ingente cantidad de cables que rodean nuestras casas? Los cables se extienden alongándose como una procesionaria pegada a las paredes. A veces suben desde el suelo recubiertos por un tubo metálico y en las primeras plantas, se entrelazan, se ligan a otros cables, se introducen en misteriosas cajas negras o grises de donde vuelven a salir. Se ensamblan en extraños tubos alargados, cambian de dirección, suben, se meten por las casas. Recorren manzanas enteras. Se juntan con otros muchos cables más finos, más gruesos, trenzados, rígidos, paralelos. Es frecuente encontrar manojos de quince, veinte o hasta treinta cables que discurren juntos, que se agrupan y se traban siguiendo esos caminos clandestinos en todas direcciones.

            Y qué decir de los cables que, montados sobre enhiestos postes de madera, atraviesan los paisajes de todas nuestras tierras. Los vemos conduciendo por la carretera, o en nuestros viajes con el tren. Estos son los herederos de los primeros tendidos, aquellos que sembraban las ciudades con una especie de red, como enormes telas de araña.

            Son los cables de la telefonía. Esos cables que sin haber pedido permiso a nadie, han colonizado las calles de nuestros pueblos y ciudades, y se han quedado con nosotros, lo mismo que se quedó la gripe, las plagas del pulgón o la temporada de tifones en el Pacífico. Los cableados de telefonía, cual moderna plaga, se han quedado definitivamente con nosotros con el propósito de envolver todas nuestras fachadas en un inmenso atadijo. Quién sabe cuál será el siguiente paso. Ya se les desterró de las ciudades después de haberlas atestado allá por el siglo XIX, pero ahora, sigilosamente y valiéndose del juego del trampantojo, nos vuelven a invadir.

            Hoy he visto saliendo de uno de estos haces de cables, un solo cabo, era fino y de un color más claro que los demás, estaba cortado y caía desmayado balanceándose con suavidad. Rozaba la pared en un esfuerzo por unirse al resto de sus compañeros. Otras veces se movía más lejos, con cierto ímpetu, como queriendo alcanzar las ramas de un plátano cercano, pero volvía a caer extenuado. La verdad, me ha dado lástima. No he podido hacer nada por él y me he marchado pensando en la pesadilla que debe significar estar clavado en las fachadas sin otro objeto que permanecer allí, atado, envuelto, trenzado, subiendo o bajando. Soportando la lluvia, el frío o el calor. Soportando la mano de pintura, el encierro permanente en una caja gris o al capricho del viento. La verdad, me ha dado tanta pena que voy a desterrar la idea de la plaga. De hoy en adelante los voy a ver con otros ojos y si vuelvo a pasar por esa calle donde pendía el cable descolgado, le dedicaré una mirada de comprensión y un saludo amistoso.

El sorpaso

 Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en Julio de 2016. Link.

                        Ya saben todos los que me leen en esta columna periódica, que nunca hablo de política. Nunca expreso mis opiniones en este sentido, quizá porque no las tengo, porque no quiero tenerlas o porque no quiero ventearlas. Pero eso es lo de menos. El caso, en esta ocasión, es que el asunto me lo han puesto en bandeja. Ha sido demasiado tentador y aquí está el resultado. Bien o mal, les prometo no volver a intentarlo.

            Desde los medios de comunicación, hace unos meses, nos han estado bombardeando con la palabra sorpaso sin decirnos previamente lo que significaba dicho vocablo. Se ha hablado hasta la saciedad del sorpaso en el contexto de las elecciones y se decía que Podemos, con Izquierda Unida, iba a ponerse por delante del PSOE; que iban a conseguir más votos; que iban a adelantarles, y de ahí apareció lo del sorpaso.

            Es curioso que a estas alturas, cuando estamos hasta la coronilla de que se introduzcan en nuestro idioma, vocablos y expresiones en inglés, nos aparezca sigilosamente una palabra italiana. Ya sé que se trata de una moda y que probablemente pasará, como pasa un vulgar sarampión, pero no deja de ser curioso el préstamo de un vocablo italiano que, a pesar de ser idioma hermano, no es de los más representados en nuestra lengua española. Quizá por ser una lengua tan parecida y familiar, no se ha sentido la necesidad de incorporar sus voces. De hecho, las más familiares y conocidas son unas pocas y, casualmente, las que tienen más popularidad, son aquellas relacionadas con las artes o con la cocina, tales como: graffiti, dueto, sonata, óleo, pizza, espagueti, capuccino o tutti frutti. Cierto que Italia, popularmente, se identifica más por su comida y por el arte, por tanto, no es de extrañar que las palabras derivadas de esas dos facetas de su idiosincrasia sean las más reconocidas. Por eso es más curioso el reciente uso del vocablo sorpaso, en italiano sorpasso, que significa exactamente adelantamiento. Nada tiene que ver con el arte ni con la gastronomía y, sin embargo, ahí que ha entrado con toda su fuerza. ¡Lo que son las cosas de la política!

            ¿Recuerdan ustedes la película “La escapada”, película de 1962, dirigida por Dino Risi y protagonizada por Vittorio Gassman, Jean-Louis Trintignant y Catherine Spaak?, pues su título original era “Il Sorpasso”. Bien, no les voy a contar toda la película, sólo han de saber que ocurre un fatal accidente de automóvil. Algo muy  parecido a lo que ha ocurrido en nuestras elecciones por parte del partido que pretendía ese sorpasso. Sus dirigentes tenían que haber calculado todos los detalles o haber visto antes la película. Tal vez en ella hubieran sabido ver una premonición de lo que podía pasarles y así poder frenar a tiempo. ¡Mala suerte!

El médico

Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en Julio de 2016. Link. 

          En todos los tiempos se ha considerado al médico algo así como un ser superior. En la Prehistoria era el brujo, fue el mago en la Edad Media y, en todo momento, ha sido quien ha tenido el poder de devolvernos la salud y liberarnos del dolor. Al médico, en todas las épocas históricas, se le ha tratado con el respeto y el temor de quien tiene en su mano nuestras vidas, de alguien que emplea fórmulas mágicas, extrañas fórmulas con productos químicos o con hierbas, en un lenguaje hermético que sólo está al alcance de los iniciados como él. Reparen ustedes en la letra indescifrable con que los médicos escriben sus recetas. Reparen en el nombre de las enfermedades, en el nombre de los medicamentos, en sus compuestos formados por no menos de diez sílabas, incluso en las partes de nuestro propio cuerpo que nos señala con palabras nunca antes oídas. Todo está calculado para dejarnos al margen de su ciencia. El médico hablará lo justo con el paciente y siempre procurará hacerlo con ese lenguaje inescrutable que rodea su ciencia. Todo esto son armas que el médico de todas las épocas ha explotado para dar a sus conocimientos ese carácter de misterio con que se reviste y cuyos secretos, nosotros, pobres neófitos, nunca conoceremos.

         Visto desde esta perspectiva, realmente el médico es un ser superior, alguien a quien se ha de respetar y temer. Por lo tanto, que nadie se tome a broma la visita al médico. Dos grandes razones nos lo aconsejan: la antedicha del respeto hacia una persona en la que estamos depositando nuestra salud, y el miedo a que nos diga algo que cambie nuestra vida. Ir al médico es como acudir a una ceremonia sagrada, por eso uno se lava y se pone ropas limpias de domingo. Por eso bajamos la voz en la consulta, por eso nos volvemos sumisos y obedientes. Al médico le hablamos de usted y le decimos doctor con reverencia y nos convertimos en corderitos amaestrados dispuestos a pasar por todas las pruebas que sean necesarias, por el bien de nuestra querida y deseada salud. Ante el médico estamos ante el altar y vamos a comulgar con su prescripción para sanar nuestro cuerpo enfermo ¿Ven ustedes las concomitancias con lo religioso? Todo lo que nos da miedo se convierte en sagrado, y el médico es el oficiante que nos dice: “Levántese la blusa” o “Bájese los pantalones” o “Tiéndase ahí” o, en el mejor de los casos “Abra la boca”, su acólito, la enfermera, asistirá aburrida al consabido ceremonial y escribirá unas notas sobre el papel, mientras nosotros, con los pantalones bajados y llenos de miedo, esperaremos la mano enguantada del médico mirando hacia otro lado y pensando que aún podría ser peor.

 

Deporte y terrorismo

Publicado en el periódico “Nou horta nord” en Junio de 2016. Link. 

            La importancia del deporte en la sociedad moderna es algo que está fuera de toda duda. Es así desde la última mitad del siglo XIX y, sobre todo, las primeras décadas del siglo XX. Cada vez el deporte ha tenido mayor trascendencia en la vida de las naciones hasta llegar a convertirse en el fenómeno de masas que es, donde sus logros captan la atención de todo el mundo. Paradójicamente, esta importancia corre paralela al auge y el establecimiento de los grupos terroristas, y no es una casualidad.

            Busquemos al azar las noticias internacionales de hace veinte años. Veremos que en el mismo mes de junio de 1996 se inaugura el campeonato de futbol Euro 96, que el Chicago Bulls se convierte en el sexto campeón de la NBA y que la Selección de Futbol de Alemania, después de derrotar a la República Checa, gana el campeonato de la Euro 96. Al mes siguiente, se inauguran los Juegos Olímpicos de Atlanta, donde hubo dos muertos y ciento once heridos, en un atentado terrorista. Pero fijémonos en el detalle de que, solo en el mes de junio, tres noticias de las que se hacen eco todos los medios del mundo, se refieren al deporte. Desde entonces, dada la relevancia y el eco internacional de los eventos deportivos, los grupos terroristas ponen el punto de mira en estos actos para conseguir más protagonismo. Es por ello que después de los atentados de Atlanta, que ya habían tenido el antecedente de Manchester en 1966, ocurrieron los atentados de Múnich en 1972, Madrid 2002, Irak 2006, Dakar 2008, Pakistán 2009, Togo 2010, Boston 2013 y Paris 2015, hace tan solo siete meses.

            Hagámonos a la idea de que las cosas van a ir por ahí de ahora en adelante. Así como nadie puede negar la importancia del deporte, y sobre todo del futbol, como imparable fenómeno social, hemos de reconocer que el terrorismo es algo que no se puede acabar mientras existan grupos antisistema y fanáticos extremistas, ambos dos fácilmente manipulables por los teóricos que les encabezan.

            El siglo XX está representado por esos dos significativos fenómenos: el deporte y el terrorismo. Los aficionados al deporte, viven con pasión los triunfos de sus ídolos como propios y sueñan con superar al rival y conseguir el triunfo de sus colores. Los extremistas quieren conseguir la gloria a través del terror. Sueñan con una hecatombe y se enfrentan a todo el mundo en un delirante nihilismo. Me gustaría saber si cada antisistema, o si cada extremista, tuviera la posibilidad cierta de ganar al año el mismo dinero que gana Cristiano Ronaldo, iba a continuar haciendo el cafre o se iba a rendir al repugnante dinero y a la fama que le brinda el sistema capitalista, ese que tanto desprecia.

La belleza de la monotonía

                Hay un concepto de la belleza y hay un concepto de la monotonía. De lo que no se habla nunca es del concepto de la belleza de la monotonía. A primera vista puede parecer contradictorio, pero pensemos un momento ¿por qué se considera la monotonía como algo negativo o peyorativo?, con esa idea también podría considerarse negativo el reloj que mide el tiempo con su insistente tic tac, y sin embrago no existe nada más preciso y necesario. Todos buscamos su compañía. Todos le preguntamos constantemente y queremos saber sus minutos y segundos. Todos los días le hacemos la misma pregunta y todos los días quedamos satisfechos de su contestación. Nunca nos preguntamos si ya lo hicimos ayer o hace un momento, porque cada momento es diferente y nunca se repite. La monotonía es bella en su exactitud y en su predecible aparición. La monotonía es deseable por su insistencia y regularidad, pero siempre trae algo nuevo. Es monotonía sentarse a la mesa cada día. Es monotonía darle un beso de buenas noches a tu pareja, cada noche, cada mañana, cada despedida. Es monotonía recibir a tus hijos cada domingo y sentarlos a la mesa cada vez, en los mismos sitios, con las mismas sonrisas de bienvenida. Es monotonía recordar las mismas cosas, hablar de las mismas cosas dichas ya tantas veces. Es monotonía hacer la compra y preparar el desayuno y almorzar el viernes con tu amigo. Es monotonía subir al autobús todos los días, vestirse cada día, cortarte el pelo la primera semana de cada mes, todos los meses. Es monotonía hacer el amor y sonreír y salir a la calle y saludar con las mismas palabras y mirar hacia arriba y ver las mismas nubes y los mismos pájaros todos los días y abrazar a los nietos y pisar la tierra del parque y volver a mirar las mismas flores. También es monotonía el sonido del agua en la orilla del mar arrastrando la arena invariablemente adelante y atrás, un año, diez años, mil años. Es monotonía acudir cada mañana al saludo del sol y despedir cada noche a la misma luna que nos mira con idéntica cara y a las mismas estrellas y a la misma cerrada oscuridad de cada noche. Es monotonía ofrecer las mismas palabras, los mismos besos, las mismas miradas, silencios y sonrisas, pero que nunca serán iguales y ese es precisamente su secreto. Esa es la belleza de las cosas que nos esperan cada día, de aquello que deseamos que vuelva a suceder repetidamente, insistentemente. La belleza de todas las certezas que vivimos a diario, como el tic tac de ese reloj que deseamos eterno y que nos acompaña con la hermosa y querida monotonía de su tic tac.

Grandes lectores

 Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en Junio de 2016. Link. 

          Cuando coincido con algún grupo de personas y se suscita en la conversación el tema de la lectura, da como resultado que todos son grandes lectores y que ya no saben dónde poner los libros que tienen en casa. Esto que me ocurre tan a menudo, puede significar dos cosas: que solo me codeo con verdaderos intelectuales o que todos mentimos como bellacos, aunque también puede suceder que para muchas personas, el significado de leer mucho, sea leer cuatro libros al año y tener cincuenta libros en casa, les suponga un problema de logística de primer orden. Que conste que no estoy criticando, solo es una sospecha avalada por esa actitud tan nuestra de ocultar, incluso falsear las respuestas en aras de dar la mejor imagen posible. No decir toda la verdad es algo muy humano en donde todos entramos alguna que otra vez. Es lo que ya he comentado en ocasiones sobre la máscara con la que salimos de casa cada día, para enfrentarnos y competir con los demás.

            Sabemos que ser buen lector es algo socialmente bien visto y aceptamos el papel. Además, nadie nos va a examinar. En cualquier caso, siempre podemos traer en nuestro apoyo la crítica que leímos en El País, sobre lo último de Muñoz Molina o sacar a colación una novela de Almudena Grandes que leímos hace tres veranos. También podemos enlazar con algún pasaje del Quijote, aunque solo lo conozcamos por aquella serie de televisión que vimos hace tantos años, o con algún tópico sobre Quevedo, que siempre da bastante prestigio. Muy pocos son los que prueban a ser sinceros y dicen que leen muy poco y que El Quijote solo lo conocen de referencias. Lo mismo ocurre con las encuestas. Existen encuestas de todo tipo, serias y estúpidas. Pero todas ellas conducentes a conocer nuestra intención como consumidores, bien sea sobre política, sobre el Eurogrupo o sobre el detergente de nuestra lavadora ¿Y qué es lo que ocurre en las encuestas? Lo que los técnicos llaman desvío o porcentaje de error. Si esto es así a un nivel en el que nadie nos conoce y no hay peligro de ponernos en evidencia, ¿qué no ocurrirá cuando la pregunta llega de alguien con quien te codeas a menudo y no quieres hacer mal papel?

            Creo que ha quedado claro: o somos un alma de cántaro o formamos parte de ese porcentaje de error. Solo hay una excepción: cuando rellenemos las casillas de la declaración de la renta, procuremos no ocultar, ni falsear nada. No nos importe ponernos en evidencia. Es una de las pocas oportunidades que tenemos para ser sinceros. Después de un año entero diciendo lo mucho que leemos, hacer la declaración de la renta, resulta tremendamente refrescante. Es un consejo que les doy.

Los urinarios

  Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en Junio de 2016.

              Tenía previsto escribir esta tarde sobre uno de estos tres asuntos: morir de placer, los morosos o los urinarios para hombres. Sí, lo sé, son tan dispares entre sí que la elección se hace aun más complicada. Al final me he decidido por los urinarios, tal vez me ha ayudado, de forma indirecta, la fuente que tengo a mis espaldas. Es una fuente con pequeños surtidores que dejan caer su fino y transparente caudal sobre una lámina de agua curiosamente limpia. El sonido de esta fuente, me hace evocar un día en Ordesa, el ascenso por un camino y un pequeño regato de agua clara que bajaba fría como un demonio y tintineaba de la misma forma. Pero bajemos ya de estas alturas líricas y volvamos a los urinarios de los que yo quería hablar.

            Los urinarios para hombres, siempre me han resultado algo muy siniestro ¿no les parece? Imaginemos la escena: tenemos delante dos o tres, a veces más, especie de piletas blancas adosadas contra la pared, que aguardan la llegada del usuario. Éste se sitúa frente a una de ellas y se coloca en posición, llega otro usuario y le imita, solo les separa un espacio de treinta centímetros. Ahora llega otro más y ya tenemos a tres señores que probablemente sean dignísimos, con las piernas entreabiertas, de cara a la pared, las manos por delante y no sabiendo bien dónde mirar. ¿Dónde ha quedado la dignidad de esos señores? Me comentaron hace unos días que Calatrava, sí el famoso arquitecto, diseñó unos urinarios para la remodelación del aeropuerto de Lisboa, que quedaban totalmente a la vista de todo aquel que pasara por delante. No sé que sucedió al final, probablemente fue un error y lo subsanaron a tiempo. Eso de los urinarios públicos para hombres es algo con lo que no se puede jugar. Todos hemos sido niños y hemos conocido la existencia de viejos viciosos que esperaban en la entrada de los urinarios a ver lo que caía, supongo que todavía quedará alguno. Lo que no ha cambiado para nada es el urinario en sí, que con ligeras diferencias de diseño y materiales, sigue siendo la misma pileta encajada en la pared donde te has de colocar te guste o no te guste y, por supuesto, soportar al vecino de turno. Esto es algo que las mujeres no conocen y no saben de lo que se han librado. La suerte que tenemos es que muchos, como yo, usamos el váter que siempre te da un poco más de respetabilidad. Lo siniestro entonces son los ruidos de la otra parte de la mampara y cuando ves salir a alguien sin lavarse las manos. La solución es sencilla: hacerlo todo antes de salir de casa.

Esos cables

 Publicado en el periódico “El periódico de aquí” en Mayo de 2016. Link. 

           Tengo una amiga que vive poco menos que neurotizada por la insistente fijación que tienen los cables eléctricos para enredarse y formar nudos. Es algo que siempre la ha intrigado, y su actual preocupación radica en que cada día se encuentra enredados los cables del walkman, a pesar de que los guarda perfectamente colocados. Y esa preocupación suya me la ha contagiado de tal forma, que me he puesto a investigar. Pues sí, resulta que los cables eléctricos se enmarañan entre sí por una cuestión puramente física. Todo depende de tres cosas: la flexibilidad del cable, su diámetro y la longitud. Se ha investigado (damos por descontado que ha sido en una de esas universidades americanas en donde tienen suficiente presupuesto para estas cosas, en apariencia tan pueriles) y la conclusión de dicha investigación ha sido categórica: En condiciones normales, las probabilidades de que un cable eléctrico se enrede sobre sí mismo son del 100 % y la única posibilidad de que esto no ocurra es pasarse a la tecnología inalámbrica. ¡Pues vaya consejo de Perogrullo! Y siguen diciendo que, después de tres mil agotadoras pruebas de laboratorio, descubrieron que ese 100 % se alcanza con cables de 150 centímetros y disminuye según decrece la longitud. Yo no uso walkman y no me ocurre como a mi amiga, pero sí es verdad, y ahora me doy cuenta, de que el cable del teléfono fijo siempre me ha plantado cara como si fuéramos enemigos, lo mismo me ha ocurrido con el cable del secador del pelo, con la maquinilla de afeitar, con el cable de la plancha y con el alargador de la taladradora.

            La verdad es que, después de que mi amiga me contagiara la inquietud, estoy viendo cables enredados por todas partes. Ahora me encuentro a cada paso con cables rebeldes, cables indómitos, cables con tan fuerte personalidad que me atrevería a decir que tienen vida propia y, en este punto vuelvo a acordarme de mis amigos los electrones. Digo esto porque ya he hablado de ellos en otras ocasiones y creo que el misterio de todo esto son ellos, los electrones que conducen la electricidad por esos cables. Son ellos quienes con sus constantes movimientos y giros, enredan los cables una y otra vez. No busquen otra causa, no investiguen más, les diría yo a esas universidades norteamericanas. La causa está en los movimientos electronianos, que les encanta hacer nudos en los cables por donde circulan. Es más, creo que ellos también tienen la misma preocupación que nosotros pero a la inversa y, así mismo, puede que exista un electrón neurotizado por esa idea y se pregunte cada día ¿por qué se estiran los cables eléctricos, cuando nosotros los dejamos tan bien enredaditos?

El ramo de flores

         Sería inútil pretender saber quién y cuándo se regaló el primer ramo de flores. Quién sería el atrevido que tuvo tal idea, y cuándo empezó a instaurarse la costumbre. Es fácil imaginar que fue en una época anterior al intercambio comercial, incluso a la posesión de bienes, si es que alguna vez existió esa época. Cuando no existía nada de eso, ni siquiera cosas manufacturadas. Quizá fue en plena prehistoria cuando ocurrió esa primera vez. Imaginemos que en aquella época primitiva hubiera habido sobre la tierra un hombre y una mujer, vamos a suponer neandertales que, sintiéndose atraídos y, al mismo tiempo, poco prácticos, en lugar de ofrecerse uno al otro una piedra tallada o un puñado de semillas, encontrándose sin esa posibilidad y con las manos vacías, arrancara un puñado de flores y se las entregara al otro. Sigamos imaginando que ese otro confundido por ese hecho tan inesperado y absurdo, le continuara la “broma” y se las colocara de adorno, prendidas en la cabeza. ¿No creen que es bonito ese principio?

            El hombre aprende muy de prisa y ve negocio en cualquier cosa, sobre todo si ésta es original y tiene, lo que ahora se llama, nicho de mercado. Evidentemente, en aquel momento de la prehistoria, todo era original. Si aquella pretendida pareja se hubiera regalado una piedra, por ejemplo, ahora existiría, probablemente, toda una industria alrededor de los ramos de piedra o alguna cosa por el estilo. En cuanto al nicho de mercado, cuando las necesidades primarias no estaban cubiertas en absoluto, toda la población era un cliente potencial. Después vendría eso de elegir las flores más exóticas, las más difíciles de conseguir o las más coloridas. Cosa totalmente plausible pues enlaza con ese mito/cuento, del héroe que tiene que conseguir una flor muy rara para poder casarse con la princesa, y que esa flor solo crece en la cima de una lejana montaña custodiada por un gigante y, a partir de ahí, todas las dificultades para que el asunto adquiera el máximo valor e importancia.

            Dando un salto en el tiempo y obviando todas las transformaciones, modas y caprichos de nuestra sociedad, siempre tan cambiante, llegamos a nuestro siglo en que la industria y el comercio internacional, como no podría ser de otra forma, se han hecho con el invento y, hoy en día, el negocio de la floricultura mueve miles de millones de euros anualmente en todo el mundo. Vemos como la técnica y la ingeniería genética han conseguido crear un mercado con una demanda constante. Solo hay que lamentarlo por aquel neandertal que no imaginó la evolución de su ocurrencia y no supo ni pudo patentarla. Y es que siempre ocurre lo mismo, nadie patentó la rueda, nadie patentó el vaso de agua, ni la ventana por donde nos asomamos a regar las plantas ¿se imaginan? Tampoco se patentó la feliz idea del ramo de flores ¡Qué cosas!

El Aloe vera

         El Aloe vera es una de esas plantas que podríamos decir, de fuerte personalidad, porque ha sabido quedarse entre nosotros con su nombre de pila científico, cosa poco común entre los vegetales que, merced a su uso cotidiano, o a su conocimiento ancestral, la inmensa mayoría de ellos ha adoptado uno o varios nombres comunes. El Aloe vera, sin embargo, conserva su nombre y apellidos latinos, los mismos con los que Carlos Linneo lo bautizó allá por el año 1753. Esa es una característica que le diferencia del resto de las plantas conocidas por todos. Todos sabemos que las plantas  nos ofrecen diferentes usos, unas son utilizadas para la industria, otras para nuestra alimentación y otras como remedio medicinal. Pero en el caso del Aloe nos ofrece todas esas posibilidades y muchas más, veamos. El Aloe vera es una liliácea, monocotiledónea, probablemente originaria de Arabia, que se cultiva en todo el mundo como planta decorativa y por sus múltiples usos. Contiene 19 aminoácidos esenciales, 20 minerales, 12 vitaminas, posee polisacáridos y es rico en proteínas. Transcribo aquí solo una pequeña parte de todas sus propiedades medicinales: Es bueno para la piel, para el pelo, las hemorroides, el acné, el herpes labial, la gastritis, el estreñimiento, el asma, la diabetes, el ácido úrico, el dolor de muelas, los forúnculos, la faringitis. También es bueno para la fertilidad, los sarpullidos, la sinusitis, las ojeras, la bronquitis, la dermatitis, la celulitis, diarreas, tendinitis, sabañones, el reuma, los orzuelos, las quemaduras, para el riñón, el hígado, las manchas de la piel, el reflujo gástrico, es cicatrizante, elimina las verrugas, las fisuras anales, las varices. Bueno para la flacidez, la digestión, la memoria, la próstata, las úlceras, la urticaria, la fibromialgia, la digestión. Baja el colesterol y la presión arterial, blanquea los dientes y borra los tatuajes. Realmente parece ser que el Aloe vera es una planta que sirve absolutamente para todo. Viendo todo esto, me dan ganas de tener una de estas plantas en casa para darle un bocadito de vez en cuando.

            Pero no crean ustedes que esto se acaba ahí. No señor, hay mucho más: Últimamente se han descubierto también sus propiedades culinarias y ya existen multitud de recetas que incluyen el Aloe vera: con pescado al horno, con tomates rellenos, con garbanzos, en ensalada, en croquetas, con pisto. También se han creado helados con Aloe vera, cócteles, chupitos, caramelos… Y para dar el espaldarazo final al mágico producto, nuestro famoso cocinero Quique Dacosta, en su restaurante de Denia tres estrellas Michelin, ha confeccionado un plato de arroz con el omnipresente Aloe vera. ¿Qué vendrá después?

            Reconociendo la capacidad curativa que el Aloe vera ofrece para los problemas de la piel, como la dermatitis, los eccemas o las urticarias, permítanme que dude un poco de todo lo demás, y principalmente de sus bondades gastronómicas. La base de mi desconfianza es que cuando un producto se convierte en algo bueno para todo y alcanza esa popularidad tan repentina, se transforma en una moda más, que arrastra a toda una cohorte de incondicionales que ven mucho más de lo que realmente hay y van aumentando su fama ad infinitum. En esa situación, no puedo evitar  referirme a esos otros “productos” tan conocidos por todos como son la Purga de Benito y el más literario Bálsamo de Fierabrás. El Aloe vera no tendrá la culpa si llega a convertirse en algo así un buen día. Con la cantidad de ventajas que tiene, la culpa será nuestra por, como suele decirse, meterlo hasta en la sopa.